DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 1

DE NIÑA A MUJER

      Tuve la dicha de nacer en un país al que le debo muchas cosas, aunque ahora esté lejos. Probablemente sólo quienes me conocen verdaderamente bien, saben cuánto lo extraño. Y aunque me siento ciudadana del mundo, entre algunas razones, por odiar la discriminación de cualquier tipo, creo que nuestra vida se cimenta sobre las experiencias de nuestra infancia. Es increíble como luego esas vivencias pueden encerrarse en un cuarto oscuro sin querer salir por las cosas que nos toque vivir día a día. Pero esa niña que fuimos siempre estará ahí.  Y es nuestra misión rescatarla.
      Cuentan que cuando niña era muy inteligente. Ahora, personalmente  creo que esas anécdotas que me favorecen son producto del cariño de nuestras familias y hay que tomárselas realmente como de quien vienen. Pero si tenemos a nuestro alrededor historias de nuestra primera infancia, anécdotas, y un sinnúmero de recuerdos, es porque, probablemente, fuimos fuente de alegría y felicidad para nuestros padres, o para algunos de ellos, también para abuelos o tíos.
Es importante  no perder de vista que no todos venimos de hogares tradicionales, y sin bien uno piensa que eso marca la vida, en realidad lo que la  marca es el afecto, ese puro y que no sabemos catalogar pero sí percibir durante la primera infancia.
      Pasada esa época en que creemos que todos los adultos son buenos, y que generalmente se percibe así porque siempre estamos bajo la mirada atenta de algún familiar cercano, comenzamos a enfrentarnos a la vida con esos pequeños sinsabores que vamos a ir acumulando y que pasaran a formar parte de esa pesada mochila que llevaremos a cuesta.
      En verdad mi primera infancia no fue muy traumática. Recuerdo hechos precisos. Fiestas familiares, llegada de un hermano, cambio de casa, paseos a la casa de la abuela paterna, la muerte de mi abuelo materno, y algunos miedos. En especial dos que persisten hasta hoy. Les voy a contar estas historias porque son las que construyen nuestra vida y poco a poco van dando impulso a nuestros miedos. Seguramente les hará descubrir también esas historias personales que quedaron en sus propios subconscientes  y que se manifiestan, así, de repente, en muchos actos de nuestra vida.
      Mi abuela paterna vivía a unas 25 o 30 cuadras de la casa de mi abuela materna en la cual yo vivía con mis padres. Y tenía un tío joven, hermano de mi papá,  que seguramente por la época en que lo recuerdo no tendría más de 20 años. El solía llevarme un rato caminando y otros en sus hombros hasta la casa de su madre. Y en el camino hacia su casa atravesábamos un vado sobre un río. A veces el río tenía muy poca agua y en otras ocasiones pasaba sobre el vado. En el trayecto también atravesábamos una vía de tren. Por esa época, yo era menos de 5 años, mi tío se compró un auto BMW Isetta (para los memoriosos, más conocidos como huevitos). Este auto tenía una puerta delantera. El motor iba atrás y no era más grande que una moto). Tengo el recuerdo hasta hoy de lo pequeño que era. Ambos entrabamos apretados en él. En el trayecto a la casa de mi abuela, que otra parte se me hacía más eterno que a pie, debíamos cruzar la vía del tren en primer lugar. Las pequeñas rueditas comandadas por un motor de 250cc luchaban por escalar ambas vigas de hierro y mi corazón latía desbocado ante el terror de que nos quedáramos allí atrapados y no arrollara el tren. Era tanto mi miedo que me provocaba esa situación que nunca pude superarlo y aún hoy, cuando atravieso en mi auto una vía del tres, aunque este sea muchísimo más potente, sea más alto, más fuerte, vuelvo a ser la misma niña aterrada al lado de su tío cruzando con el Isetta.
      La otra historia tiene que ver con la separación de mis padres cuando yo bordeaba los 10 años. A veces recordando esa época de mi infancia me pregunto qué tan bueno es hacerles creer a los hijos que un matrimonio es perfecto. Bueno…yo creía que mis padres se llevaban bien. Nunca los veía discutir. Mi padre era cariñoso con mi madre. Él viajaba por su trabajo, pasábamos épocas en que lo veíamos poco, pero luego llegaba y estaba a nuestra disposición por varios días. Íbamos al río en familia, caso siempre a un lugar que lo llamábamos “el lugarcito nuestro” y otras de vacaciones, aunque mi padre nos llevaba, estaba uno o dos días y luego nos quedábamos solos hasta el regreso. Pero nada me decía que algo estaba mal. Nadie me lo decía tampoco. Sorpresivamente un día mis padres, después de un viaje que parecía una segunda luna de miel, se divorciaron. Me enteré que había otra mujer. Y comenzó una interacción familiar que yo desconocía. Mensajes enviados a través de los hijos, especialmente de mí, ya que mi hermano solo tenía 5 años. Largas conversaciones. Cambio de horarios. Presiones. Mi madre le había pedido divorciarse en razón de su infidelidad, cosa que comparto, porque luego supe había sido una conducta reiterada a través de los años. Pero creo que pensó que él lo negaría o trataría de enmendarse, aunque fuera una actitud poco creíble. Pero no, mi padre agarró sus maletas y simplemente se fue. Entonces había que apelar a los hijos y en especial a la hija mujer. Mi abuela y mi madre me aleccionaban sobre cómo debía ser con mi padre, más cariñosa, más regalona e inducirlo poco a poco a conversar sobre la separación hasta que finalmente debía pedirle que regresara. Tengo esa conversación grabada en mi mente. Y mucho más grabada aún  la sensación que sentí al hacerlo. Hablé con mi padre y a medida que hablaba sentía que iba a fracasar, que no podría lograr lo que mi madre quería. Sentía que ni siquiera quería eso, que no podía hacerlo, no estaba convencida, no me sentía capaz. No recuerdo qué me contestó. Mi padre gracias a Dios nunca fue brusco para decirme las cosas y estoy segura que  en eso momento entendió lo que estaba pasando. Pero esa sensación de fracaso. De no poder retener a alguien. De no ser capaz de conquistar y mucho menos reconquistar me persiguió por muchos años.
      Cuando llegué a la adolescencia veía cargada de esa frustración, de esa sensación de nunca haber podido y odiaba a mi papá. Y odiaba es una forma de decir que en realidad me odiaba a mí misma, porque a él lo quería, pero me sentía profundamente dolida por su abandono. Me llevaría mucho tiempo comprender que me involucraron en un fracaso que no era mío. Pero arrastré esa culpa y así me enfrenté al amor.


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