DEJAR DE SER COMPLICES: Capítulo 9

DEL CIELO AL INFIERNO
      Bueno no voy a mentirme. Yo no tenía el hogar más feliz del mundo. De hecho era un desastre, pero en el preciso momento en que quise tomar control sobre algo el mundo se derrumbó. Muchos años tardaría en darme cuenta que el problema no era el dinero, era algo mucho más importante: era el control. Y yo sin saberlo estaba cruzando una línea en la cual trataba de recuperar algo, aunque sea un poco, de mis propias decisiones, de mis propios derechos.
      ¿Quién dijo que una buena pareja se convierte en una sola persona? Que son uno. No es así. Debiésemos ser dos. Siempre dos. Con diferentes opiniones, con diferentes gustos, con distintos métodos, pero con un objetivo común: hacernos felices. Yo sé que no hay escuela para esto. Que nadie nos enseña, y lo que es peor la mayor parte ni siquiera tenemos buenos modelos o al menos algún modelo. Nos enfrentamos al mundo de la pareja a ciegas. Confiando en que nos amamos y el peor error: pensando que con la fuerza de nuestro amor cambiaremos al otro en esos pequeños detalles que no funcionan. Y no, no es así. Nosotros no cambiamos a nadie. Podría decir que las personas no cambian, pero tampoco es así. Todos cambiamos: cuando nosotros queremos, no cuando el otro quiere. Y si en una relación hay problemas sólo si se aman de verdad, ambos harán los esfuerzos. No sólo uno. Los dos.
      Pero volveré a mi historia. Quise recuperar algo mío. La capacidad de decisión sobre lo que yo ganaba. De frente, sin tener que ocultar ni rendir cuentas. En ese momento vivimos casi dos años en la casa de mis suegros. El segundo año partió conmigo trabajando. Luego de un año en que cambié varias veces de trabajo decidí postular a trabajos fuera de la capital. A algún lugar más chico, menos peligroso. Y comencé a mirar avisos y a enviar curriculums. Hasta que me llamaron de un trabajo. Viaje casi 7 horas para la entrevista y al regreso esperé un bus que partía de noche. Tenía la sensación de que me iba  a ir bien. Y así fue. Pronto me llamaron y rápidamente tuve que irme a una pequeña ciudad turística al lado del mar. Antes de eso mi marido deslizó un comentario que forma parte del álbum de recuerdos de sus frases célebres. Me dijo no sé si dejarte ir…Yo lo miré y no atiné más que a decirle que en ningún momento le estaba pidiendo permiso. Vivíamos en una pieza, era un excelente trabajo, con muy buenos ingresos, podría ofrecerle a mis hijos algo mejor y en un lugar mejor. Creo que no supo que decir frente a mi respuesta y el tema quedó ahí. Me ayudó con sus ingresos a mantenerme los dos primeros meses, porque yo tardé en cobrar y a conseguir un lugar, entre personas conocidas para vivir. Llegué a la casa de unos familiares de  una de sus hermanas. Allí me facilitaron una pieza. Yo trabajaba todo el día de lunes a viernes cuando viajaba 7 horas para ver a mis hijos. Los domingos de noche regresaba nuevamente a trabajar. El primer mes fue difícil. Yo sólo trabajaba y trabajaba. Aunque estaba en una ciudad turística y el mar estaba cerca jamás fui a la playa. Solo veía el mar por las mañanas cuando me dirigía al trabajo. Al segundo mes decidí traerlos a mis hijos a conocer el lugar. Parece que yo tuve algún permiso o algo así porque viajé primero sólo con mi hija y al día siguiente llegó mi hijo, seguramente para no faltar al colegio. Ese fin de semana fuimos juntos a la playa. Mis hijos tenían 12 y 2  años, respectivamente. Recuerdo que lo pasamos muy bien. Yo me dejé a mi hija toda la semana para lo cual debí buscar un jardín en la cual tenerla mientras trabajaba. Al mes siguiente arrendé una casa y contra la insistencia de todo el mundo me los traje. A nadie le parecía que trasladara a mi hijo del colegio en septiembre. Pero ya lo había hecho el año anterior y, en verdad, sin ellos nada tenía sentido.
      Comenzamos de cero. Solo un colchón y una cocina. Una mesa prestada y dos sillas. No teníamos televisor, así que de noche les leía cuentos y si no tenía que leer, les inventaba. Mi marido no quería venir. Decía que tenía mucho trabajo allá, donde trabajaba por su cuenta. Qué ironía del destino. Nunca antes había sido prioridad su trabajo, salvo cuando yo no podía trabajar. Pero en fin, no entiendo porque no dejé todo ahí, sin insistir. Él llegó de todos modos a los pocos meses y comenzó el infierno.
      Es muy importante entender que hasta aquí pudiera existir alguna excusa, alguna justificación. No sé cuál, pero pudiera haber alguna. Pero a partir de aquí comienzo a saber verdaderamente lo que es la violencia. La peor de las violencias. No la física. La verdad. Supongo que debe doler un golpe, una lastimadura. Pero tienes que mostrar y decir de qué te quieres defender. Pero la violencia psicológica no deja marcas visibles. No puedes decir: este hombre que camina a mi lado me tiene así. No, caminas al lado con miedo, sonríes sin querer hacerlo. Simulas ser algo que no eres. Mientes y te mientes. Porque nada en ti acepta la situación pero cada vez te hundes más y más.
      Todo comenzó cuando llegó, tras mi insistencia. Entonces llegó con la actitud como de quien me hacía un favor a mí y a mis hijos. Él no quería venirse a vivir a una ciudad bella, segura, turística, tener una casa para sus hijos. Él quería seguir viviendo con sus papás, en dos piezas, que había construido en un segundo piso y que estaban a medio terminar, sin baño. Trece años de casados y estábamos en cero. Pero nos hizo el favor, y trató de demostrarlo desde su llegada. Como traía algunos muebles tuvimos que ir a buscarlo al terminal de buses para lo cual en el trabajo me prestaron una camioneta y un compañero la condujo. Recuerdo en forma tan vivida ese momento. Fue una situación tan desagradable. Llegó enojado, molesto, apenas, saludo a mi compañero de trabajo que nos estaba haciendo un favor. Recuerdo el miedo. Recién íba a ver la casa que yo había arrendado por primera vez y sabía que estaba bajo juicio. Yo cuando estaba sola los viernes sabía irme caminando al terminal. Así que no estaba lejos. Pero esa noche sentía que el trayecto era eterno. Parecía estar más lejos que nunca. Y sabía que él estaba midiendo cada vuelta de las ruedas para objetar alguna cosa. Mientras escribo no puedo evitar llorar. No entiendo cómo no me daba cuenta. Qué clase de pareja éramos. Habíamos estados separados meses. Debió haber sido una fiesta reencontrarnos. Comenzar otra vez a independizarnos, pero no. Fue todo tan feo que no pierdo aún la sensación. Una sensación que hoy no me debería hacer sentir mal, pero inevitablemente recordarlo me da pena.
      Después de su favor, comenzaron los problemas. Las razones eran variadas, diversas. Hoy sé que cualquier cosa era una buena excusa. En mi trabajo eran irregulares con los pagos, así que había momentos en que vivíamos de mis recortes de los viáticos por viajes de trabajo. Él no trabajaba, para cuidar a los niños, hasta que le conseguí trabajo en un canal de televisión de 19 a 24 horas. Sus ingresos eran pocos, y para agravarlo podía pasar meses sin cobrar. Teníamos que pagar arriendo y además cuando la gente que nos arrendaba se atrasaba en la  cuota de la hipoteca de la casa, había que salir al cruce. Debíamos mantenernos 4 personas, así que no era tan sencillo sobrevivir en medio de los atrasos de los sueldos, aunque el mío cuando se acumulaba daba una muy buena cifra. Yo hacía malabares para que llegáramos a fin de mes. Y a veces al fin de dos o tres meses sin ingresos. Y por supuesto tenía siempre al juez analizando mis actos. Ese trabajo me duró dos años y medio. Por esa época compré mi primer auto. Muchos años antes había querido comprar auto pero él había apelado a que podía caminar. Pero a estas alturas una subluxación de cadera provocada por el ultimo embarazo comenzaba a dificultarme caminar. Y por otro lado yo ya no rendía cuentas igual. Tomaba algunas decisiones. Como comprarme un café con mi dinero. Me encantaba salir de viaje y pasar alguna noche fuera de la casa. Extrañaba a mis hijos, pero me sentía libre. Entonces aunque hacía recortes para dejar dinero en la casa, comía afuera con alguna compañera de trabajo, leía hasta tarde y nadie me despertaba para discutir.
      Voy a aclarar a que me refiero con esta última afirmación. Habíamos entrado en un círculo de discusiones interminables que no nos conducían absolutamente a nada. Reclamos por el dinero, por los horarios, porque llevaba a mi hijo al colegio, porque nuestra vida de pareja no tenía motivaciones. La verdad es que yo no tenía ganas de regresar, no tenía ganas de explicar, no tenía ganas de tantas cosas. Los gritos eran cada vez más y más altos. Hasta que un día le dije que debía sincerarme y le confesé algo que debiese ser traumatizante para cualquier pareja. Le confesé que no era feliz a su lado. Y entonces viene otra frase para el bronce como respuesta. Mi marido me dijo que era su menor preocupación si yo era o no feliz. El mundo se me vino abajo. De qué estábamos hablando. Para que había hecho tantos sacrificios. Si, dicen que el amor es ciego. Y si pudiese decir que yo hasta ese momento de alguna manera lo amaba, ese día se me cayó la venda de los ojos. Vivía con una persona que sólo pensaba en sí misma. Yo estaba para trabajar, para hacer cosas en la casa, para complacerlo de vez en cuando, pero lo que yo sintiera no formaba parte del trato.
      Un tiempo después le pedí que nos separáramos. No tenía sentido seguir. Tuvimos una larga charla de tipo a las cuales me acostumbraría con los años. Nos dijimos cosas tranquilos, afrontamos el fracaso. Cada cual hizo un mea culpa y comenzaron los preparativos para su partida. No había mucho que dividir. Sólo una casa que estábamos pagando y un auto usado que yo necesitaba para moverme con los niños. Me pidió un plazo. Supongo que una semana o algo así. Y ese plazo nunca se cumplió. Comenzó a renegociar su estadía en la casa. Se comportó mejor, dejó de discutir. Habló con nuestro hijo mayor, le pidió que intercediera por él. Y mi niño, por afecto a su papá, por necesidad de conservar su familia me pidió que lo perdonara. ¿ Qué podía decir yo?¿ Qué debía decir yo? Debí decir que no. Debí explicarle a  mi hijo que esto no mejoraría sino todo lo contrario. Pero no. Cedí a mi más profundo deseo de que la vida en familia funcionara. Comenzamos a salir los fines de semana. Hacíamos paseos. Reconoció haberse equivocado al no tener antes un automóvil. Reconoció que la vida había cambiado. Y yo contaba los días. Uno, dos, tres días sin pelear. Una semana sin pelear. Quince días sin pelear. Nunca pude pasar de 15 días. Siempre pasaba algo. Siempre yo hacía algo que lo molestaba, que lo disgustaba. Por esa época también comenzó a decir una frase que más que un halago me sonaba a condena. Nunca te voy a dejar. Y comencé a desesperarme. Las discusiones nocturnas eran eternas. La mayor parte del tiempo yo dormía con mi hija pequeña. Entonces esperaba que se durmiera y venía a la habitación a medianoche a hablar. Su hablar era discutir, culpar, cargarme de todas sus frustraciones. Yo estaba cansada. Trabajaba todo el día. Necesitaba dormir. Entonces parado al lado de la cama me decía: No te voy a dejar dormir. Así muchas veces me daban las 5 de las mañana y debía levantarme a las 7. Otras veces se iba más temprano. Yo me quedaba expectante. Sabía que al menor ruido regresaría. Trataba de no levantarme ni para ir al baño. Pero a veces no podía evitarlo, entonces regresaba a enfrascarse en discusiones interminables. En otras ocasiones decidía cambiar de táctica, esperaba que me durmiera y luego se metía en la cama. Comenzaba a buscar la intimidad. Frente a esa actitud yo tenía dos alternativas: decir que no y comenzar una discusión eterna o acceder y por fin poder descansar un rato. Dicho así, de verdad que suena horrible. Tan horrible que me duele escribirlo. Pero yo se que no soy la única mujer que ha dejado que el amor se mancille de ese modo. Que una misma como persona haya dejado de lado todos sus derechos, todos sus sentimientos en pos de paz. No de felicidad. Ese término en mi matrimonio ya no estaba en juego. Todos mis esfuerzos se centraban en conseguir momentos de paz.


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