DEJAR DE SER CÓMPLICES. Capítulo 10

                                                        LA CAÍDA
      Se preguntarán ¿qué más allá del infierno se puede caer? Les responderé…más allá. Mucho más. Cuando una por alguna razón absurda hizo un paso atrás y dejó defenderse, acaba de entregar todas las armas a una persona que sólo se deleita con lastimarte.
      Cómo, por qué la pareja se convierte en un enemigo, es muy difícil explicarlo. Es difícil explicar cómo el miedo nos paraliza, cómo la pérdida de la autoestima cala tan profundo.
      Algo en mi me decía en mi interior que me estaba precipitando a un abismo sin fondo. Mi angustia comenzó a crecer, en medio de eso mi salud se deterioraba, subí de peso, casi 30 kilos. Pero una parte de mi aún luchaba por recuperarme, entonces, a pesar de todo me puse a estudiar. Mi mente luchaba por mantenerse equilibrada y una de las mejores estrategias era esa, estudiar. Hice un magister en dirección financiera de empresas. Así que en medio de los problemas, del trabajo, de los viajes, de los vaivenes económicos, de las peleas, de la casa, de los niños, en mi tiempo libre, yo estudiaba. Un año y medio.
      El trabajo que tenía era parte de un programa de gobierno con la Unión Europea estaba por llegar a su fin. Faltando casi un año comencé a pedirle que buscara trabajo. Pero estaba deprimido y entonces en medio de peleas, discusiones sin sentido, lastimarnos y más lastimarnos, pasó el año. Nuevamente la opción no fue llegar hasta el final, hasta el límite. Debo confesar que en ese tiempo comencé a pensar en matarme. No veía otra salida a la tortura permanente que vivía. Me odiaba a mí misma por permitirle hacer lo que hacía, pero a la vez no tenía la fuerza  para salir. Entonces empecé a darme cuenta que tampoco tenía amistades. En general a él le molestaban la mayor parte de las personas que me rodeaban. Al principio yo había creído en los malos justificativos que me daba. Que mis amistades eran profesionales y él no lo era. Pero después me di cuenta que era toda una forma de manipulación. Mientras más sola estaba, más dependía de él. Menos ayuda recibía. Yo no tenía a nadie a quien decir ¿puedo irme esta noche a tu casa? ¿O unos días hasta que resuelva? No…imposible. Yo estaba condenada. ¿Entonces ¿cuál era la salida? A mi modo de ver no existía. Día a día, semana a semana, mes a mes, año a año se apoderaba de mí un sentimiento cada vez mayor de que estaba en una situación sin salida. Y él solo pensarlo me hacía perder el control.
      Por ese tiempo comencé a tener crisis nerviosas. Muy fuertes. Me pegaba la cabeza contra la pared, estallaba  en llanto, tenía ansiedad, había momentos en que quería dormir y no despertar más y otros en que era imposible dormir.  Dejé de arreglarme, de preocuparme por mí. Y aquí voy a confesar algo que siento que es muy fuerte y muy dañino. Yo era una mujer bastante atractiva y en verdad odiaba ser su mujer. Odiaba que saliera y se luciera conmigo. Entonces dejé de preocuparme, de arreglarme, de cuidarme, como una manera de castigarlo…Ahora lo escribo y me siento realmente tonta. Para castigarlo a él, me castigaba yo misma. La caída era más allá del infierno como dije, porque entré en una horrible etapa de autodestrucción.
      Cómo dije antes muchas veces pensé en matarme junto a mis hijos, para no dejárselos y que los hiciera sufrir. Para que no sufrieran mi ausencia. Pero en verdad aunque mi mente estaba al límite de la cordura, ese pensamiento se iba de mí cada vez que los miraba. El sufrimiento de mi hijo mayor que ya entendía todo lo que pasaba. Los ojitos de mi hija menor, que eran todo inocencia. Y entonces empezamos a girar todos al ritmo de su danza. Evitemos, evitemos, evitemos….Generalmente no nos salía. Éramos demasiado imperfectos. Estudiábamos hasta tarde, mi hijo se acordaba a última hora de alguna tarea. Nos reíamos demasiado. Y aquí voy a inscribir otra de las frases dignas de ser recordadas. Una tarde salimos de compras a un mall. Nuestra salidas como ya dije varias páginas antes estaban relacionadas con comprar algo, con gastar, con invertir. Entonces ese lugar hacía las veces de parque de diversiones. Entonces como decía estábamos en el mall. Por alguna razón, mis hijos y yo comenzamos a reírnos, sin poder parar. Nos mirábamos y nos reíamos. El, como de costumbre caminaba adelante, siempre al menos 3 o 4 pasos que lo mantenía a una distancia prudente. Entonces ante nuestra risas, se dio vuelta, nos miró y nos dijo “dejen de hacerme pasar vergüenza riéndose como locos”…Fue como una puñalada para mí. Era lo único bueno que podía compartir con mis hijos, las risas. Y estaban prohibidas. Comenzamos a disfrutar de los pocos momentos en que nos quedábamos solos. Esos frágiles momentos en que los tres podíamos ser una familia feliz. No podíamos elegir los programas de televisión, no podíamos decidir qué hacer ni cómo hacerlo. Si bien yo tomaba decisiones en torno al dinero, me enfrentaba a peleas interminables y ¿saben qué? Aun así, en medio de todo esto no llegaba lo peor. Lo supe mucho tiempo después porque todavía, de repente y sin quererlo, se me escapaba un sueño.
      Muy cada tanto él viajaba a Santiago a visitar a su familia. Y ese día, o día y medio era una maravilla. Desde que se iba. Lo íbamos a dejar al terminal en auto y al regreso todo era distinto. Reíamos sin miedo, nos preparábamos algo para comer, comprábamos alguna gaseosa, veíamos tele hasta tarde, y volvíamos a reír y reír. Por la mañana, como esos viajes eran generalmente los fines de semana, nos levantábamos tarde. No había nadie diciéndonos que debíamos levantarnos a las 9. Entonces mi hijo se pasaba a la cama grande junto a mi hija y flojeábamos en la cama. Cerca del mediodía y cuando el hambre ya lo exigía  nos paseábamos en pijama, o desayunábamos en la cama. Todo esto estaba prohibido.  En la cama no se comía ni estando al punto de la muerte. Así que esos días disfrutábamos de la libertad. Solíamos ir a la playa y entonces les pagaba una vuelta en unos carritos a pedales, les compraba palmeritas y helados. Y cuando estaba en la casa abría las puertas y las ventanas para sentir el aire, para soñar que la libertad era posible. Entonces me imaginaba cómo sería mi vida una vez que al fin me divorciara. Íbamos a ser felices, íbamos a reír, íbamos a ayudarnos los tres para hacer las cosas en la casa. Nos iban a existir tantas presiones. Íbamos a ser libres de ver lo que quisiéramos, hablar lo que quisiéramos, nadie impondría horarios ni tantas reglas. Seriamos libres. Libres de ser una familia feliz.
      Si se fijan en ese sueño. Yo me veía sólo viviendo con mis hijos. No cabían sueños personales, en mi vida no había lugar para mí como mujer. Yo era madre por sobre todas las cosas. Era tan así que recuerdo que me llamó mucho la atención en la despedida final de mi trabajo que la mayor parte de mis compañeros coincidieron en que el rasgo más destacable en mi era la maternidad. No mi responsabilidad, ni mi capacidad profesional, ni ningún otro atributo personal. Yo impactaba como madre. Creo que ese rasgo se había potenciado ya que no tenía ninguna otra opción, posibilidad, ni interés en mi vida.
      Lamentablemente esos momentos de paz, de libertad eran muy escasos y muy a lo lejos. Pero aún así yo me animaba a pensar que podía ser feliz, que podía recuperar mi vida.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño de agua y sal

Amarnos sin límites

Carta a la Vida