Dueto entre los poetas Carlos Fondon Zabala (España) y Monica Miranda (argentina) Ella: Me gusta comerme tu boca, sentir que nos traspasamos el aliento y nuestros sabores se vuelven uno. El: Yo amo ese instante eterno de mi vida contigo donde las luces multicolores Iluminan nuestro deseo Ella: Me gusta deleitarme con tu lengua, y sentir el ritmo de nuestros corazones, mientras nuestras manos se aferran, desesperadas por atrapar el momento El: cuando el viento nos robó la ropa y nos cubrimos de palabras mudas Ante este silencio sensual De nuestras pieles desnudas... Ella: Amo cuando el calor de nuestra piel, se percibe sin necesidad de tocarlo. Me enloquece ver tus ojos y tu mirada, cuando el deseo te consume... El: Me inspira ese paisaje eterno que nos cobija en una noche sin fin, y mis ojos ensueñan placeres infinitos... Ella: Ay...ese brillo indescriptible que me quema, y tu garganta que se cierra aprisionando ...
Caminé con mis pies pequeños por calles pedregosas. La vida fue una continua lucha por sobrevivir dignamente Crecí jugando a comer más tarde y a alumbrarme con la luna. Viví apartado del mundo y para no extrañarlo me fui creando uno mío Soñaba tendido en los balcones donde el aire estaba ausente que un día sería libre y podría ver otros cielos con nubes diferentes. Quería viajar y ver más allá, conocer otros colores y sabores, traspasar los barrotes de mar que a mi infancia encarcelaban. Una noche salí furtivo, abrazado a la esperanza de volar, me subí a una balsa, y lleno de sueños, me hice a la mar. Eran sólo noventa millas la que tenía que atravesar y partí entre las tinieblas, soñando con un mejor despertar. La noche cálida y húmeda se desgajó en rayos incandescentes y con el correr de las horas comenzó a escalar el sol. El mar se convirtió en un inmenso salón azul, ideal para bailar Mi balsa danzó a un ritmo tenue durante ese prim...
Capítulo 1 Con ese vacío en el alma. Al final de una calle angosta y llena de adoquines, en una esquina como tantas de La Habana, hay una construcción que se está cayendo a pedazos. De lejos se siente el olor a flores amontonadas, apretujadas, que se mezclan con un aroma a café extra fuerte que reparten a los familiares y amigos que se pasean entre el calor asfixiante de las salas y la humedad de los pasillos. Las funerarias siempre tienen ese aire pesado, de agobio. No importa si el día está soleado o densas nubes cubren el cielo. El aire siempre se siente igual, enrarecido. Una mezcla de sal de lágrimas y nostalgia de vida, lamentos sin respuestas, amaneceres sin esperanzas. En una de las salas que da frente a la calle hay un cajón rodeado de unas pocas flores, que en todo caso son más que las gentes reunidas. Desde rincones opuestos dos viejos se miran con recelo. Uno de ellos es alto, aunque un poco encorvado. Pareciera haber tenido la cabeza blanca de...
Comentarios
Publicar un comentario