DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 3
DEVOCIÓN
Bueno,
consecuencia de lo que vimos en el capítulo anterior, es que efectivamente yo
sentía devoción por ese otro ser que se había fijado en mí. Les quiero comentar
a esta altura que yo no era fea. Es más ahora viendo fotos de esa época, me
pregunto si realmente yo nunca me miraba al espejo con objetividad. Era linda,
alta, delgada, buenos contornos, cabello largo, liso, ojos verdes, en fin…era
una linda joven. Más allá de que todas las jóvenes tienen esa belleza que da la
juventud y que finalmente, más que un
rasgo es una actitud, era objetivamente una linda joven. Pero yo sentía que me premiaban cuando me
elegían. Ni hablar si eso además implicaba una semi victoria contra las garras
maternas. Yo a esa altura tenía todos los síntomas de la mujer que se somete.
Creía que los celos eran amor. Sentía que debía complacer al otro. Evitar
discutir, evitar lastimarlo. Me habían premiado con su amor y yo sentía
verdadera devoción por esa persona que me estaba eligiendo. Esa actitud se
traslucía en una inseguridad que seguramente no les resultaba para nada
atractiva a mis parejas. Porque como dije yo bailaba al son de sus propias
músicas y me convertía en sus sombras. Y una sombra no es uno, ni es otra
persona. No aporta, aunque puede que no moleste, pero tampoco es la mejor
compañía.
Mi
concepto del amor se estaba convirtiendo en algo casi místico, donde él era un
ser superior que se dignaba a amarme y yo, debido a ser merecedora de su amor,
estaba dispuesta a profesarle una devoción incondicional que desencadenaba en
actitudes tal vez no reprochables, porque en sí cada una no eran malas, pero en
su conjunto sólo eran manifestaciones de inseguridad. Por ejemplo yo a mis
parejas les contaba todo, absolutamente todo. No guardaba secretos. Ni de mí,
ni de mi vida, ni de mi familia, ni de nada. No tomaba decisiones sin
consultarles. No hacía nada que les molestase. Cambiaba todos mis intereses y
todas mis aspiraciones por los intereses de ellos y sus aspiraciones. Adaptaba
toda mi existencia a sus vaivenes y claro finalmente se sentían agobiados
frente a una mujer que tal vez parecía perfecta, pero que poco a poco se
convertía en un títere de todos sus caprichos. Podían lucirme, y yo no me daba
cuenta. Podían ser egoístas, y a mí ni me importaba. Podían ser ególatras, egoístas,
infieles, estúpidos y tantas otras cosas…pero me habían elegido y eso merecía
mi devoción.
Estoy
segura que a esta altura de la lectura ustedes dicen: “Momento, yo no soy
así…he cometido mis errores…pero ¿así? Noooo.” Y está bien. Pueden pensarlo.
Pero les pido que hagan un acto de sinceridad con ustedes mismas. Dejemos de
lado las apariencias. Dejemos de lado las poses. Esto que les digo no sé si era
tan visible a quien me observaba. No sé si mis parejas eran tan conscientes de
ello. Lo que si se es que yo ahora lo veo con claridad. De los 15 a los 50 no
he cambiado en nada. Y todo lo que me pasó es por esa niña chiquita e insegura
que llevo dentro de mí, que nunca maduró para convertirse en una mujer segura.
Aunque los demás creyeran que si lo había hecho.
Veamos,
por esta época las primeras razones que he encontrado hurgando en el baúl de
los recuerdos. Entre ellos aparecen algunos conceptos que casi todas hemos
aprendido. Primero es que las mujeres maduramos antes que los hombres. Segundo,
que en realidad ellos no siempre maduran. Por ende nosotras deberemos asumir
esa situación y dejar pasar sus errores si los amamos. También estoy segura que
han escuchado que ellos son fuertes físicamente, pero la verdadera fortaleza
reside en las mujeres, que somos quienes sostendremos en el futuro a nuestras
familias. A eso se suma que vinimos a este mundo a sufrir. Suele existir una
sensación de vértigo frente al nacimiento de una niña. Porque el mundo es de
los hombres…y aunque hayamos crecido en una sociedad “no machista” aún hoy
ganamos menos por el mismo trabajo, aún miles de mujeres mueren en manos de sus
parejas, aún hoy el peso de la crianza
de los hijos recae en un 90% en las espaldas de las madres.
Aun
así quiero rescatar de ese baúl que siempre había alguna díscola en la familia.
En mi caso fueron una tía y mi abuela. Mi tía decía “los hombre no son curas
para contarles todo” y mi abuela me recomendaba “tener dos velas
prendidas…porque si una se apaga la otra queda encendida…”. De todos modos por
considerar demasiado paganos sus conceptos debo reconocer que no los tomé nunca
mucho en cuenta. Y así cargué con el peso de una humanidad que dice que estamos
en desigualdad de condiciones y que debemos cuidar de nuestras parejas aún a
costa del sacrificio de nuestras propias vidas.
De
todo esto deviene un importante concepto que se une a una de mis primeras
impresiones. No sólo yo veneraba a mis parejas. Toda una sociedad venera a los
hombres y por ende el mayor tesoro de una mujer ¿es? Su hijo hombre. Al cual
está dispuesta a pelear con uñas y dientes, en especial contra todas esas malas
mujeres dispuestas a seducirlo, a hacerlo caer en sus garras, a explotarlo y
cuando cosa puedan imaginarse.
Fruto
de esa devoción a los proveedores de la costilla nos enfrentamos mujeres contra
mujeres, dispuestas a sacarnos los ojos. Dejamos de tener amigas a los 15
porque todo es una gran competencia. Estamos dispuestas a quitarles los maridos
hasta a las mejores amigas, somos falsas, engañosas, envidiosas entre nosotras.
¿Y todo por qué? Por esa devoción absurda hacia el hombre de nuestros sueños.
Creo
que toda una sociedad sabe que el machismo, el abuso por parte de los hombres
hacia las mujeres se gesta, justamente, bajo la mirada de una mujer.
Especialmente las madres.
Y
en verdad no quiero hablar de machismo y feminismo. El paso de los años y la
experiencia me dice que esa no es la mejor vía. En verdad, siento que no nos
conduce a nada tratar de equipararnos. Yo no me sentí más feliz tratando de
hacer todo y resolver todo. Amo ser femenina, y sentirme cuidada en aquellas cosas
que no soy capaz de hacer porque no me da la fuerza, o la resistencia. Amo ser
mamá y que mis hijos busquen mi cariño, porque ese amor le da fortaleza.. Me
gusta llorar cuando tengo ganas. Me gusta que me pidan llevar las bolsas
pesadas…Puede parecer una estupidez, pero esas pequeñas cosas son parte de ser
lo que somos. En el feminismo está implícito el querer ser cómo ellos. Y yo no
quiero ser como los hombres, quiero ser yo, mujer y que se respeten mis
derechos, mi sensibilidad y mis aspiraciones. Sé que mi pareja puede ser más
fuerte físicamente que yo…pero yo tengo más fortaleza. Entonces mientras nos
apoyan cargando un bebé, o las bolsas de las compras, solemos apoyarlos cuando
las cosas no van bien.
Por
favor, analicen muy bien esto y definámonos como somos: mujeres, especiales,
distintas, con capacidades propias de nuestro sexo, sin nada que envidiar a los
hombre, sin ninguna razón para querer parecernos a ellos, porque no somos ni
más ni menos. Somos simplemente diferentes.
Comentarios
Publicar un comentario