DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 7
SIN IDENTIDAD
Por
esta altura de la vida tenía un hijo de 4 años y las vueltas de la vida nos
llevaron nuevamente a salir del país. En tierras extranjeras nuevamente quedaba
por sentado que sus posibilidades eran mejores que las mías. Que lo que él me
ofrecía era mejor que lo que yo tenía. Había perdido una gran batalla.
Comenzaba la destrucción de mi identidad.
Fuera
de mi país para que me fuese bien sin un título revalidado, sin experiencia
demostrable, sin conocidos, sin amigos, sin colegas, debía asumir que el primer
paso sería mezclarme con mi entorno. Pasar desapercibida como extranjera para
poder ser parte de esta nueva sociedad. Gracias a Dios la barrera idiomática no
era infranqueable. En ambos países se hablaba español, aunque había profundas
diferencias. Pero fui sorteándolas de a poco.
En
esta etapa me aboqué a esa lucha de adaptarme, integrarme, salir adelante
contra viento y marea. Y saben qué? Mi marido decidió entrar en crisis. No
sabía qué hacer. Pero yo no podía esperar, mi hijo no podía esperar a que él
resolviera, Entonces salí yo a dar la cara. Trabajaba, me esforzaba, bajo los
ojos atentos de mi juez, que disfrutaba de largos días con mi hijo jugando
videojuegos. Como mi trabajo también me permitía ser independiente. Además de
trabajar afuera generaba trabajos por mi cuenta y lo incorporé a él dentro de
ellos. No podía hacerlo sola y no conocía a nadie. Entonces qué mejor que
capacitarlo para que me acompañara. Como no era su profesión ni su oficio,
debía alabarlo frente a cada logro, debía estimularlo para que se sintiera
seguro, debía fortalecerlo para que se sintiera parte de ese equipo que
conformábamos los dos. Claro que con todo esto se sintió elegido como si
hubiese pasado una selección de 200 postulantes y comenzó, coherente con su personalidad, a opinar y a dar órdenes
como si realmente supiera todo lo que debía saber. Y yo debatía con él del
mismo modo. Lo dejaba ser partícipe de cada emprendimiento, de cada proyecto.
Valoraba su opinión y lo trataba profesionalmente de igual a igual. Estaba
traspasando todo lo que yo era y poniéndolo en sus manos. ¿Es juzgable esto?
¿Qué tan mal estuvo? En verdad no lo sé. Yo confiaba en él. Teníamos una
apuesta en común: nuestra familia.
Entonces
veamos que estaba pasando. Yo me mimetizaba en una sociedad que no era la mía.
Me hacía parte de una idiosincrasia para poder sobrevivir. Trabajaba sin
polemizar si lo que él hacía o no hacía estaba bien. No le pedía nada, no le
exigía nada. Pasaría mucho tiempo hasta que yo me diera cuenta que al dar todo
por mi pareja, por mi familia, estaba perdiendo mi identidad.
El
paso de los años me ha llevado a reflexionar por qué yo hacía esto. Es difícil
determinarlo con precisión. Pero creo que hay que indagar en mis razones
profundas. Y cada una de las lectoras debería hacerlo en relación a sí mismas.
Es más nadie debiese entrar en una relación de pareja sin identificar que
problemas trae de arrastre de sus propias familiar, de su niñez…porque eso
marcará realmente sus vidas. Mis padres estaban separados y como mujer sentía
que había comenzado fracasando en mi primera relación con el sexo opuesto: mi
padre. Es normal escuchar que los padres no se separan por sus hijos. Y yo
pensaba eso de niña. Si mi papá me hubiese querido no me habría dejado. Y cargué
con eso más la culpa que mi propia madre me hizo cargar cuando me decía “tú
nunca fuiste compradora con tu padre” y eso a pesar de que era ella misma y con
sobradas razones, quien había decidido separarse de mi padre.
Pero
así fue, sentía que cargaba con un fracaso. En mis primeras relaciones como lo
manifesté en capítulos anteriores tuve idilios con personas mayores que yo.
Hasta que en algún momento consideré que
esa conducta respondía a la búsqueda de un padre más que de una pareja.
Pero además el sentirme atraída por personas mayores me llevó a estar muy
expuesta al abuso y aprovechamiento por parte de gente que por su edad podía
manejar perfectamente la situación. Una experiencia negativa en ese sentido me
llevó a rechazar definitivamente este tipo de relaciones y centrarme en
personas mucho más cercanas a mi edad y a mis experiencias de vida. Pero es
importante que entiendan que este cambio en las edades de mis parejas desde mi
juventud a mi vida adulta no hizo variar en nada el hecho de que todas mis
parejas tenían facilidad para doblegar mi personalidad. Entonces visto desde
esta perspectiva me doy cuenta que en realidad yo tenía características
especiales que me configuraban como “victima”.
Vamos
a analizar el otro lado: mi madre. Cargada de sus propias inseguridades creo
que trató de hacer lo mejor posible en la crianza de sus hijos. Como bien se
dice nadie nace con un manual y mi madre no podía ser la excepción. No solo no
tenía manual ni instrucciones, en algunas cosas no tuvo siquiera un buen
criterio. Mientras estuvo con mi padre y en los dos o tres primeros años
posteriores de su separación, parecía funcionar como cualquier mama, pero
posteriormente comenzó a tener una actitud de competencia conmigo que era su
hija mayor. Por un lado, según sus explicaciones, trataba de que yo no me
sintiera linda, ya que sería demasiado frívola,
razón por la cual elogiaba lo menos posibles mis cualidades en ese
sentido, sin darse cuenta que esa actitud me volvía treméndamente insegura y
por otro lado, advertida en base a su experiencia de las actitudes masculinas,
sólo hablaba mal del sexo opuesto. Mientras tanto yo trataba de encontrar mi
lugar en este mundo y necesitaba imperiosamente algo de amor, un amor que no
tenía en mi familia, por lo tanto a pesar de todas mis inseguridades debía
buscarlo afuera.
Creo
que ese es el peor punto de partida. Salir de una familia disfuncional
queriendo rellenar los vacíos con nuestras relaciones. Y por supuesto nuestros
miedos profundos, nuestros desamores de infancia nos pasarán la cuenta.
Cada
persona debiese saldar cuentas con su pasado antes de emprender su propia vida.
Si no lo hacemos corremos el riesgo de cargar al otro con nuestros propios
traumas, cobrarles nuestras deudas o, simplemente repetir situaciones
aprendidas de abandono, de desamor.
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