DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 6
SIN NADA QUE OCULTAR
Cuando
dejamos de lado todo aquello que tiene que ver con nuestro yo y nos convertimos
en mujeres esposas, mujeres madres, mujeres trabajadoras, mujeres sacrificadas,
hemos decidido que no tenemos nada personal por lo cual luchar. Yo nunca
entenderé porque en ese mismo momento yo no me detuve y me pregunté ¿qué quiero
para mi vida? Pero no lo hice, simplemente. Decidí seguir adelante. Seguir
siendo una buena esposa, una buena madre. Y aquí comenzó un problema mayor,
mayúsculo que estoy segura que más de una mujer le ha tocado enfrentar. No sé
si todas lo hicieron tan mal como yo. Pero de lo que si estoy segura es que
muchas, pero muchas mujeres sabrán de que hablo.
Yo
trabajaba, fuera de la casa, dentro de la casa, y tenía derecho a muchas cosas,
como a tener mi propia opinión, y mis propias necesidades. Pero claro nada de
eso se notaba. Entonces los proyectos que existían en mi hogar eran proyectos
familiares: había que comprar esto o aquello, pagar esto otro, ahorrar para
conseguir lo de más allá. La distribución era comandada por el hombre de la
casa. En un fondo común. En mi casa el dinero se guardaba en un cajón….y era
controlado minuciosa y permanentemente por él. Yo podía aportar y mi opinión se
circunscribía a esos consejos familiares donde generalmente los gastos eran
priorizados con un criterio que no era el mío. Recuerdo que primero se separaba
para ahorrar, luego para pagar, después para comprar y al último…no había para vivir. Y a qué me
refiero con vivir. A darnos esos pequeños gustos que le dan sabor a la vida. En
mi caso mi marido era una persona que jamás se veía feliz, nunca reía, nunca
estaba alegre y yo cargaba con ese peso de su infelicidad. En este punto quiero
ser clara. Muy probablemente no a todas las mujeres les toque vivir esta
situación de esa manera. Pero si han sido víctimas de violencia intrafamiliar
sabrán que hay un momento en que apareció ese inconformismo. Esa infelicidad
que una no sabe de dónde viene pero que nos hace sentir culpables. Estamos
empezando a ver las señales del fracaso. Esa pareja no funciona, hace rato,
pero lo que en un comienzo se podía ocultar ahora se hace evidente en el rostro
de infelicidad de ambos. Siempre hay uno de los dos que lo manifiesta más. ¿y
quienes creen que lo ocultan? Por supuesto las sacrificadas mujeres que están
dispuestas a todo por la felicidad de sus familias.
Ya
no se puede ocultar…El entorno cercano contempla como ya no hay idilio, se
nota, se palpa la falta de felicidad, pero se suple con los logros materiales
en los cuales comenzamos a centrarnos. Necesitamos casa, necesitamos auto,
necesitamos cosas que apuntalen esta familia. En ese momento cometemos otro
grave error. Todos los sacrificios conjuntos sólo nos llevan a amarrarnos más a
una situación insostenible. Como justificamos esto: la madurez. Ya no somos
niños. ¿Quién dijo que la pareja, el amor sería fuente inagotable de felicidad
para siempre? La madurez es esto: responsabilidad, seriedad, resignación. Y
comenzamos a engrosar la lista de matrimonios que sólo están. A que me refiero
con estar. Hacen lo que deben cuando deben, pero nunca lo que sienten, ni lo
que necesitan. La bomba de tiempo se ha activado. Nosotras ayudamos a hacerlo y
lo peor es que nos convertiremos en las primeras víctimas del desastre.
Retomando
el tema económico diré que personalmente tomé la peor opción. Hacía cosas a sus
espaldas para no enfrentar estallidos de violencia y frustración. Compraba y
decía que lo que compré salía más barato de los que realmente salió. Para que
no se notara el gasto excesivo sacaba créditos. En una palabra hacía
malabarismos para mantener la situación ideal que justificaba todos los
sacrificios que estaba haciendo. Yo había regresado a mi país y llevábamos allí
varios años. Entonces por la felicidad de “ambos” en fines de semana largo
invertíamos en viajes internacionales donde la familia de mi esposo veía lo
exitoso que éramos, como teníamos dinero para viajes y un standard de vida
ideal. El regreso a la realidad mantenía unos días de éxtasis y luego
nuevamente me veía sumida en el trabajo, las deudas y el ocultamiento para
mantener….¿para mantener qué? Nada…ese statu
quo absurdo del que después cada vez me costó más salir. Una realidad
inventada para mostrarle al mundo o para justificarme ante mi misma tamaña
inconciencia de dejar de lado mis propios sueños, mis propias aspiraciones, mis
propias necesidades.
La
falta de objetivos afectivos, espirituales, de satisfacción propia, eran
reemplazados por objetivos materiales. Cuando llegamos a este punto la vida
entra en una carretera de alta velocidad. La vida parece correr como un auto de fórmula uno.
Los meses se pasan uno detrás de otro veloces, al ritmo de pagos, trabajos,
cuotas de crédito, compras y cuanta cosa material nos haga dejar de pensar que
no somos felices ni un solo minuto de nuestra vida. Las satisfacciones
materiales están tomando el lugar de las otras. De esas pequeñas pero que dan
sentido a nuestra vida. No hay salidas de pareja, no hay vida personal, no hay
romance, no hay…no hay nada…pero no importa. Ante los ojos del mundo tenemos
una familia, somos responsables, trabajadores y todo dice que nos irá muy bien.
He
visto transitar por este lugar a miles de parejas. Unas jóvenes y otras no
tanto. Pero indefectiblemente llega ese momento en que debemos decidir qué es
lo importante. Y un gran número, por no decir casi todas optan por aquello que
se ve: el auto, bonitos muebles, casa, deudas, y más deudas. Uno que otro le
agrega algún viajecito a crédito, pero básicamente se ha perdido el norte. Ya
no somos felices juntos. Somos felices yendo de compras. No queremos ir a ver
una película tomados de la mano, vamos al supermercado. Y hay una compulsión
por comprar y comprar: platos, vasos, tazas, sabanas, frazadas, estufas,
televisores, mesas, refrigerador, cocina. Nunca se termina porque cuando
pareciéramos tener todo, bueno se rompió la lavadora, el refrigerador quedó
chico, faltan tazas, se rompieron los vasos. El tema es comprar. No necesitamos
2 o 3 cosas sino muchas cosas, miles de cosas.
Comentarios
Publicar un comentario