Lo reconocerás en tus ojos (Cuento)

La mujer del traje azul corrió con prisa hacia la calle, la atravesó del mismo modo, casi sin mirar a los lados y luego se sumergió en la marea de personas que ingresaban al metro de Nueva York.
Sólo una hora antes, justo por donde ella había bajado, un joven latino había sido detenido. La mujer no tendría por qué saberlo, ni cómo adivinarlo. Entró al metro revisando constantemente su celular. Estaba retrasada, su auto se había averiado, entonces debió ir al trabajo en trasporte público. Tras una serie de combinaciones por fin sólo faltaban 15 minutos para llegar al buffet donde trabajaba. Contaba el tiempo entre estación y estación para ver si efectivamente estaba en lo cierto y sí, en nomás de 15 minutos estuvo en el centro del corazón de Mahattan. Subió presurosa los escalones que la conducían a la entrada del edificio y se montó en el ascensor que debía subir 40 pisos hasta donde se encontraban las oficina de Nicholson & Rogers.  Hacía poco tiempo que había ingresado a este buffet y realmente era de muy mal  precedente en el primer mes llegar tan retrasada.
Cuando al fin llegó a la puerta principal, se ordenó el traje, se alisó los cabellos recogidos en un gracioso moño y entró con mucha prestancia, aunque por dentro estaba temerosa de lo que podrían decirle. Probablemente, porque no se amilanó aún ante su llegada tarde, Nicholson, que en ese momento iba a buscarla a su escritorio por tercera vez, sólo la miró ingresar y no le preguntó nada. Tampoco lo necesitó ella y rápidamente dejó su abrigo, su bolso y cogió una libreta que llevó junto a una lapicera muy elegante y se encaminó detrás de él a su despacho.
Nicholson se sentó, y a diferencia de otras veces no le hizo señas para que ella se sentara, por tanto permaneció de pie, pero sin bajar la mirada. Los ojos de ambos se miraron desafiantes. Era difícil adivinar en los ojos grises y fríos del viejo abogado si la mirada expresaba admiración o reproche. Ellen, en cambio, dejaba ver claramente a través de sus ojos celestes como el cielo una personalidad desafiante. Luego de un rato que pareció eterno al fin Nicholson le indicó que se sentara. Ellen, sin despegar de él la mirada lo hizo. Cruzó sus largas y perfectas piernas y apoyo la libreta en su regazo. Por fin el abogado le dijo el motivo de haberla convocado a su despacho. Quería asignarle varios casos que nadie quería tomar, pero que a ella como abogada nueva, le servirían para foguearse un poco y ganar experiencia. Los casos era sencillos, riñas, golpes, pequeños hurtos, violencia intrafamiliar y etc, etc. Lo que sí es importante destacar es que todos estos casos pertenecen a la comunidad latina. Ellen no supo que decir en un primer momento. En realidad se sintió shockeada. No esperaba que le asignaran este tipo de casos ¿Por qué latinos? Pero no podía preguntarlo. Tenía que estar agradecida de ser parte de este buffet y como dijo Nicholson todo servía para ganar experiencia.
Ellen había terminado de cursar la carrera de abogada unos 7 años antes y luego había trabajado sólo un año porque después se casó, y como su marido tenía un negocio rentable, dejó de trabajar para quedarse en la casa, ya que a él no le gustaba mucho su profesión. Después de unos largos 6 años en los cuales se sintió perdida, aburrida, y sin tener ninguna motivación, el matrimonio terminó en divorcio sin grandes complicaciones ya que no tuvieron hijos. Ahora la situación era distinta. Necesitaba volver a hacer algo, recuperar su profesión. En esas circunstancias decidió trasladarse a Mahattan a la casa de sus padres y buscar trabajo. Su poca experiencia y sus años le hicieron complejo conseguir empleo. Las abogadas a su edad ya tenían buenos casos y los ingresos habían subido ostensiblemente. En cambio ella estaba a la altura de una principiante con treinta y tanto años. No podía quejarse entonces, así que tuvo que aceptar con una sonrisa la asignación. Nicholson le dijo que Tracy Johns, la antigua abogada a cargo de esa área le explicaría los casos que tenían en cartera antes de viajar a Los Ángeles donde sería parte de la inauguración de un nuevo buffet. Ellen agradeció la oportunidad y con muy poco entusiasmo se dirigió a su escritorio. Cuando llegó allí, Tracy ya la esperaba con un montón de carpetas y comenzó a hablar sin darle siquiera un respiro para preguntar.
En eso estaban ambas abogadas cuando una mujer muy humilde entró y se dirigió a la secretaria que estaba a la entrada y ella la condujo hasta donde Tracy trabajaban con Ellen.  La mujer en medio de sollozos  les relató lo sucedido y porqué estaba allí. Su nieto, Jorge López, era un joven tranquilo, no se metía con nadie. Todas las mañana se levantaba temprano, cogía un bus y se venía al centro de Manhattan donde repartía la correspondencia de varias oficinas y mantenía el aseo. Lamentablemente Jorge, por ser latino, sufría de mucha segregación y en varios lugares a los cuales iba ni siquiera lo dejaban entrar por desconfianza. Según su abuela él era incapaz de hacer nada malo. Sin embargo estaba detenido. Esta misma mañana lo habían detenido frente a la estación del metro. La detención había ocurrido porque estuvo peleando a golpes con un publicista que trabajaba de una de las oficinas a las que había ido a dejar correspondencia. La razón de esa pelea su abuela no la conocía, pero confiaba en Jorgito. Por fin dejó todos los datos y tras escuchar unas declaraciones un poco vacías de parte de Ellen la señora se retiró. Tracy dejó escapar un suspiro y Ellen la miro. La experiencia de Tracy la hacía decir que al final todas las madres y todas las abuelas creían en sus hijos y nietos, pero lamentablemente la realidad muchas veces se encargaba de desengañarlas. Tracy le dijo a Ellen entonces:-Comencemos con este caso. ¿Qué te parece si vamos al centro de detención? Ellen con no mucho ánimo tuvo que aceptar la propuesta.
Ambas llegaron hasta el centro de detención de primera instancia y el policía les dio un pase para que hablaran con el detenido. Sin embargo Tracy decidió ir a revisar los informes de la detención primero y le pidió a Ellen que se adelantara. Cuando esta cruzó la puerta una ola de silbidos acompañó sus pasos. La celda en la que se encontraba Jorge López era la última. El policía abrió la celda y dejó pasar a Ellen, no sin antes echarle una mirada de pies a cabeza. En realidad el atuendo de Ellen no era para estos lugares, pero ella no había previsto realizar esta visita. El joven era alto, robusto, estaba sentado en el piso con sus piernas flexionadas, las manos sobre sus rodillas con los largos y finos dedos entrelazados, la cabeza gacha. Así permaneció inmutable aun cuando Ellen se sentó en el camastro y el policía cerró nuevamente la celda. Ellen tosió para ver si él se daba por enterado de su presencia. Pero siguió inmutable. Entonces, se aclaró la voz y dijo en un muy mal español.-¿Tú eres Jorge López?¿ese es tu nombre?- Y entonces él la miró y sonrió. Ellen sintió un estremecimiento al encontrarse con esos ojos de mirada penetrante, y esa sonrisa cálida. Él simplemente con un dejo de ternura la dijo: -No te esfuerces, hablo inglés…- Ellen suspiró. En realidad ni todos los esfuerzos de su madre, que era española, habían logrado que ella dijera dos frases coherentes en ese idioma. Qué bueno que él hablaba inglés. ¿Pero ahora qué? Tracy aún no aparecía. No sabía si tomarle una declaración o esperarla. Mientras tanto se produjo un incómodo silencio. Él se pasó la mano por el cabello rizado. Sus manos eran grandes, blancas, y no mostraban señales de ningún trabajo pesado. Volvió a mirarla a los ojos y Ellen nuevamente se estremeció. ¿Qué tenía la mirada de este hombre que la hacía sentir ese estremecimiento cada vez que sus ojos se encontraban? No pudo contestarse porque en ese momento entró Tracy con la cara sonriente diciendo: Jorge se va para su casa…había errores en la detención y el juez decidió frente a ese problema ponerlo en libertad y citarlo para una audiencia aclaratoria en 30 días.
Jorge se puso inmediatamente de pie. Era alto y delgado. Sin mirar a Ellen, salió hacia afuera donde un policía lo condujo hasta donde se encontraban sus cosas personales y lo dejó salir.
Ya fuera de la comisaría Tracy y Ellen comenzaron a despedirse de Jorge, pero este les dijo que no tenía dinero para regresar a su casa. Ese había sido el verdadero motivo de la pelea. El publicista con el cual peleó era consumidor de cocaína y tenía la costumbre de robarle al primero que se le cruzara para poder costear sus vicios. Él había dejado su bolso en la entrada de la oficina mientras repartía correspondencia y a su regreso faltaba su billetera con todo el dinero. Inmediatamente se dio cuenta y aunque nadie lo delató directamente las miradas inculparon al novel publicista. Jorge le pidió que le devolviera la billetera y el dinero y le dijo que todo quedaba ahí. Pero el joven publicista se negó a pasarle el dinero y comenzó a subir la voz, diciendo…Estos latinos creen que todos son ladrones como ellos. Jorge, relató a las abogadas, que sintió mucha rabia, pero aun así no estuvo dispuesto a pelear. Además ya varios compañeros del joven le decían que se callara y amonestaban su comportamiento. Otros, abiertamente le decían que él era quien robaba en esa oficina. Jorge salió de allí cabizbajo. No tanto por el dinero, ya que no  era tanto, sino por la billetera, que se la había regalado su abuela. Luego en otros pisos del mismo edificio repartió correspondencia y al salir iba a ingresar al metro, donde un compañero suyo le prestaría dinero, para que más tarde regresara a su casa, cuando sintió un golpe por detrás, era el joven publicista que se abalanzó contra él como un loco dando manotazos para todos lados. Jorge trató de controlarlo ya que era mucho más grande y más fuerte que el joven. Pero en ese momento llegó la policía y más de una persona dijo que el hombre latino le hacía pegado al publicista, que además chillaba como una niña…Esa era toda la historia.
Tracy le dijo a Ellen, ¿tú podrías acercarlo en el auto mientras yo vuelvo a la comisaría para retirar algunos informes que debo dejarte? No tuvo más alternativa y se fue con Jorge hasta el aparcamiento donde habían dejado el auto. Ambos subieron y se dirigieron hacia los suburbios de Manhattan.
Al llegar a la casa de Jorge éste decidió agradecer a Ellen su gentileza invitándole un café. Ellen aceptó pensando que en su casa encontraría a la abuela que ella tan mal había juzgado y además que un café era lo ideal para esa mañana fría. Entró y quedó sorprendida por el orden y el buen gusto con que la casa estaba ordenada. Paseó su mirada por los cuadros escogidos con una precisión absoluta como representantes de los distintos géneros de la pintura: retrato, paisaje, bodegón, desnudo, arte figurativo…Ellen era una apasionada de la pintura. Se acercó a un cuadro y leyó: Pieter Brueghel el Viejo, Los cosechadores. En ese momento Jorge regresaba con dos café que puso en la mesa de centro y se sorprendió al verla abstraída en la pintura.  Entonces dijo: ese cuadro es original. Mi padre era amante de la pintura y a lo largo de su vida fue comprando distintas obras, que sin ser las más caras del mundo, tienen un gran valor por el arte que representan o el pintor que las realizó.  Ellen volteó y se encontró nuevamente con esa mirada penetrante. Lo más increíble, es que a pesar del atrevimiento con que la miraba, ella no se sentía incómoda. Se sentó frente a la mesa y se preparó para deleitarse con el café que desprendía un aroma exquisito. Luego le dijo a Jorge, debo irme. Tracy debe estar esperándome. Jorge se despidió cortésmente y la dejó ir.
Ellen subió al auto un poco decepcionada. Esperaba que él al menos le hubiese pedido su número de teléfono.  Se dirigió a prisa hasta donde estaba Tracy y la encontró esperándola en la puerta mientras se fumaba un cigarrillo. Cuando Tracy subió ambas se dirigieron a la oficina casi en silencio. Antes de bajarse Tracy con algo de burla le dijo a Ellen, ¿te dio al menos su número? Vi cómo te miraba y cómo lo mirabas. Estoy segura que te va a gustar mucho este trabajo. Ellen la miró sin expresión en el rostro y tratando de disimular que el recuerdo del hombre latino le aceleraba el pulso.
Varios días después Ellen había olvidado el incidente de Jorge López, y aunque a veces recordaba su mirada, ya este recuerdo no tenía la misma fuerza que los primeros días.
Estaba escribiendo un informe que le había solicitado Nicholson cuando alguien se acercó y dejó varios sobres de correspondencia sobre su escritorio. Iba a agradecer sin levantar la vista cuando reconoció esas manos. Levantó lentamente la vista y ahí estaba él, con esa mirada que le llegaba hasta el alma. Jorge sonrió y le dejó una pequeña tarjeta en la que le decía: “te espero esta tarde, a la salida de tu trabajo en la cafetería de la esquina”. No le dio tiempo a nada. Primero Ellen se sintió disgustada y se dijo para sí:
-¿Qué se cree, que con una simple tarjeta yo voy a aceptar una invitación de él?- Pero luego en realidad tuvo que reconocerse que esperaba volver a verlo.
            Pasó nerviosa toda la tarde hasta que llegó la hora de salida. Trató de tranquilizarse y no salir corriendo hacia la cafetería. No se vería bien que ella llegase antes. Entonces salió calmada, con pasos lentos. Al llegar a la esquina, por la ventana de la cafetería lo divisó adentro. Él estaba apoyado en la mesa y leía un  periódico. Esta vez estaba muy bien vestido con un cardigan de lana color gris claro y pantalones negros. Ellen se acercó a la mesa y cuando él la vio le regaló una de sus inigualables sonrisas. Ella sintió en ese momento su derrota. No había ya nada que pudiera hacer. Este hombre, por alguna razón que ella no podía explicar, la había cautivado.
            Conversaron hasta altas horas de la noche. Jorge le contó que era dominicano, de profesión radiólogo y que estaba terminando de revalidar su título. Hablaron de su vida, era divorciado, igual que ella y no tenía hijos. A medida que conversaban Ellen  comenzó a sentir que se conocían de toda la vida. Como a las 23 hrs. Jorge le dijo que le preocupaba que ella anduviera de noche sola y entonces decidió acompañarla hasta su casa. Al llegar a la casa de Ellen, ella lo invitó a pasar. Al entrar él se sintió inmediatamente cómodo. Se sentó en el sillón de cuero negro que estaba en el living y con un gesto invitó a Ellen que se sentara a su lado. Ella no podía resistirse, una fuerza interior la impelía a responder a su invitación. Cuando se sentó, Jorge pasó su brazo por detrás de ella y se puso de lado. La miró directamente a los ojos y luego sin preámbulos la besó. Ellen pensó en resistirse, pero al primer contacto de sus labios desistió inmediatamente de la idea. Se besaron largamente, primero en forma suave, dulce y luego apasionadamente. El acariciaba su cuello con la mano derecha, mientras que con la izquierda recorría todo el contorno de su cuerpo. La pasión brotó desbordada. Ellen jamás había sentido algo así. Juntos entraron al cuarto y  sin preguntas, sin respuestas, sin dudas, sin miedos, sin peros, se entregaron mutuamente e hicieron el amor como si fuese la última vez que podrían hacerlo.
Por la mañana cuando sonó el despertador Ellen recordó que era sábado. Habitualmente este día ella salía a trotar y luego iba al gimnasio pero hoy le resultaba imposible pensar en ello. Jorge despertó y la miró a los ojos. Luego la atrajo hacia sí y la besó. Pasaron el fin de semana juntos. Lo más increíble de todo, para Ellen, era esa sensación como de que se conocían de toda la vida. En ningún momento se detuvo a recordar que él era latino y que a ella nunca le cayeron bien. En realidad nunca había conocido una sonrisa más perfecta, nunca había visto otra mirada que le llegara al alma como la de él, nunca un cuerpo parecía haber sido hecho a la medida del suyo como el de Jorge. Se entendían en todo, se reían por las mismas cosas, coincidían en los gustos de las comida y hasta en los colores, y por sobre todas las cosas, ambos eran amantes del hogar y tener largas charlas.
            Ellen no le contó a nadie de esta relación. Sin embargo unas semanas después Jorge fue a llevar correspondencia y la secretaria al verlo frente al escritorio de Ellen le preguntó: ¿se conocen de algún lado? Ellen se puso nerviosa primero, pero luego, como necesitaba desahogarse, le contó que era el nieto de la señora que ella había hecho pasar hacía un mes atrás y unos días antes del traslado de Tracy. La joven recordó el caso. Pero no entendía como siguieron viéndose. Ellen le contó más o menos la historia, obviando algunas cosas. Incluso dejando de decir que ya estaban prácticamente viviendo juntos y no hacía un mes que lo conocía.
            Tres meses después Ellen no podía ser más feliz. Jorge se había convertido en su razón de ser. Era un tipo dulce, cálido, atento, romántico, apasionado, compañero. Llenaba cada uno de sus espacios y la hacía sentir plena. Ellen decidió presentárselo a su familia. Le preocupaba un poco qué pensarían ellos. Pero finalmente decidió dar ese paso. La familia lo aceptó ya que también quedaron encantados con su personalidad y la forma en que trataba a Ellen.
El aprovechó la visita para delante de toda su familia pedirle matrimonio. Ellen se puso muy nerviosa y finalmente aceptó.
            Un año después de eso se trasladaron a Oregon donde él comenzó a trabajar en una clínica radiológica. Ellen consiguió trabajo en otro buffet recomendada por Nicholson y estaban esperando un hijo. La vida no podía ser mejor para ambos. El segundo aniversario de su boda fue un día muy especial ya que luego de cenar tuvieron que correr al hospital donde nació su pequeña hija. La niña era muy pequeñita, pero fuerte, y tanto Ellen como Jorge no podían sentirse más felices. Jorge salió a comprar un ramo de rosas para su esposa, pero no regresó.
Ellen pensó que lo habían llamado de su trabajo porque no contestaba el celular. Sin embargo comenzó a ponerse nerviosa. Una sensación de vacío en su estómago le decía que algo no estaba bien. Cuando llegó su madre trató de calmarla. Le dijo que seguramente el celular se había apagado. Que tal vez lo llamaron urgente. Pero para tranquilizarla le dijo que iría abajo para ver si alguien lo había visto.
Luego de un largo rato, que para Ellen fueron horas, ingresó a la habitación su madre, acompañada de su padre y una enfermera. Cuando los vio supo que algo había pasado. El rostro de su madre estaba desencajado. Su padre no la miraba a los ojos. Entonces les preguntó: Mamá. Papá…¿qué pasó? Por favor, díganme!!! Mamá, dime, dime qué pasó por favor…¿Dónde está Jorge? La madre comenzó a hablar, pero no pudo continuar y rompió en llanto. El padre abrazó a su madre. Ellen ya estaba totalmente fuera de control y aún no sabía lo que sucedía, pero lo sentía, sentía que algo le faltaba y no podía explicarlo. La enfermera entonces le pidió que se calmara, le dijo que tenían que colocarle un calmante. Pero ella simplemente no podía seguir sin saber lo que pasaba y le exigió que le dijera lo que había sucedido. Entonces, sin ningún preámbulo, la enfermera le dijo que Jorge había cruzado a la acera de enfrente al hospital para comprar un ramo de rosas. Al regresar, cuando estaba cruzando la calle, la dueña de la florería lo llamó porque se había dejado el celular. Jorge se devolvió sin mirar y en ese momento un auto, que nadie sabe de donde apareció, lo atropelló. El murió instantáneamente.
            Ellen sintió que la vida se le iba de a poco. Toda su felicidad, toda su razón de vivir se había perdido. No lloró, ni siquiera tuvo fuerzas para eso. Se deslizó en la cama, en shock. Dejó que le pusieran un calmante en vena y se introdujo en el mundo del sueño conde se encontró son su amor, sintió su calidez, su voz, sus caricias. No quería despertar. Tras varias horas de sueño, finalmente la vida la reclamó y tuvo que abrir los ojos. Nunca antes le había costado tanto abrirlos. Sentía como que tenía arena debajo de los párpados y un vacío inmenso en su pecho. No quería ver a su hijita aún. No se sentía preparada. La enfermera comprendió. Pero el médico le aconsejó que la pusiera en su pecho. Ellen como una autómata lo hizo. La niña por instinto buscó su pezón y comenzó a mamar. Ellen la miraba y no lograba sentir nada. Se sentía muerta por dentro. Entonces la niña abrió los ojos y la miró. Tenía los mismos ojos, la misma mirada que Jorge. Era tan difícil de explicar pero Ellen lo sentía allí, era parte de ese pequeñito cuerpo que tenía en sus brazos.
            La niña le dio la fortaleza para salir adelante. Decidió mudarse nuevamente. Esta vez se fue a vivir a Miami. Allí con unos colegas abrieron un buffet de abogados que se especializan en casos de inmigración y problemas legales de la colonia latina. De vez en cuando le parece verlo, otras le parece oírlo. De lo que sí está segura es que él es parte de toda esta gente y es aquí donde siente que aún está a su lado, que no se ha ido. Los fines de semana va a la playa con Mayra, su hija. La niña a veces le pregunta por su padre y entonces ella le responde: -Si quieres conocerlo mírate al espejo. Lo  reconocerás en tus ojos.




Comentarios

Entradas populares de este blog

El niño de agua y sal

Amarnos sin límites

Carta a la Vida