DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 4

LA ENTREGA
     
      Luego de esta lucha feroz donde vencen, generalmente las más hábiles al fin nos damos con el trofeo. Un hombre nos pide que seamos sus esposas. Y no siempre es tan idílico como debiese serlo. Muchas veces terminamos casándonos luego de quedar embarazadas, otras luego de varias presiones que llevaron al incauto a caer en nuestras redes, lo que nos deja una sensación un poquito amarga, y otras como fue mi caso….para no tener problemas con la visa…Las razones pueden ser muchas. El tema es que no todas llegamos a ese momento convencidas de que quien camina a nuestro lado hacia el altar, si es que hubo ese tipo de boda que por lo menos justifique los sueños de la infancia, es el príncipe azul que esperábamos. ¿Por qué el príncipe azul no existe, no es cierto? Por ahora digamos que no. Muchas ni siquiera se casan,  “porque son mejores las uniones libres”, “son personas superadas”, “no creen en las amarras”…y ahora seamos sinceras…si ese es tu caso estoy segura que tu verdadero yo debe sentarse frente a ti y decirte irónicamente “Yaaaa” ¿a quién quieres hacerle creer eso?
      Pero en fin aquí estamos, iniciando una vida en pareja, con matrimonio o sin él. Es lo que nos tocó. Con fiesta costosa o sin ella. Y llegó el momento de la verdadera entrega. Toda mujer que ha estado casada, o conviviendo, sabe a qué me refiero.
      En la mayor parte de los casos el galán, el seductor, el tierno amante (si es que existió) comienza a diluirse absorto por el trabajo, los problemas cotidianos, y el objeto de nuestra devoción adquiere rasgos mortales. Se cansa, pierde el humor, ni hablar del romanticismo y de la delicadeza, el sexo es su válvula de escape y en ella, en realidad somos sólo un instrumento necesario, el televisor se tomó las veladas de conversaciones, el fútbol reemplazó las salidas de los fines de semana, si nunca antes fue muy observador ahora el stress hace que no note siquiera si cambiamos de morenas a rubias. Y que hacemos nosotras. Aquí es cuando nos llega la hora de demostrar cuán buenas mujeres, cuán fuertes somos. Nos entregamos con pasión a resolver todos los obstáculos. Hacemos maravillas con un sueldo que no alcanza si no trabajamos, aunque ya generalmente salimos a trabajar. Cuando lo hacemos, y generalmente lo hacemos bien, a pesar de todas las desigualdades, llegamos muchas veces con un sueldo mayor al de nuestros cónyuges, pero tenemos la delicadeza de no mencionarlo para que él, el amor, el objeto de nuestra devoción, el destino de toda nuestra entrega, no se sienta mal y no sufra. En una palabra lo sostenemos.
      Ahora la mamá viene a nuestra casa y pasa revista al aseo, aunque hayamos trabajado todo el día como burras, es bastante mal visto una casa desordenada, y un hombre mal vestido y arrugado. Entonces atendemos bien a la señora que perdió la batalla, pero que aún entra con aires de reina a nuestra casa y critica desde la comida hasta como manejamos el presupuesto.
      Lo más increíble de esta situación es que a esta altura ya comenzamos a preguntarnos si esto es lo que queríamos. Si esto es lo que buscábamos. Algo nos dice en nuestro yo interno que “se casaron, fueron felices y comieron perdices” no funciona. Hay algo que está faltando.
      Quiero aclarar que no todas las parejas llegan necesariamente a este punto. Generalmente, si es que sucede,  aquí es cuando la gente normal se detiene y piensa: ¿para esto estamos juntos? ¿Realmente nos amamos? Pero estamos hablando de una pareja donde uno de los dos: el hombre, es de esos que no habla de amor, porque eso es cosa de mujeres. No ve películas románticas porque eso es sólo para niñas. No lee poemas, porque la poesía es para otro tipo de gente. O sea estamos hablando de un estereotipo de hombre machista. Que puede encubrirse de muchas formas, pero finalmente se siente superior y no da nada a nadie. Es muy importante saber detectarlos. Una de las formas más sencillas es conocer a su madre. La madre lo trata como a un rey. No le dice nada para que el niño no se enoje. No discute con él para que no grite. Y como un sutil comentario a lo más puede habernos deslizado que tiene mal genio, pero es muy buen hijo.




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