Soledad (cuento)



Él era un hombre duro, de esos que no lloran, de esos que solo ríen lo justo y necesario. Era el prototipo del conquistador que mide siempre sus actos y engalana con sus palabras. Se vanagloriaba de sus conquistas y se reía de sus fracasos. Ciertamente  era duro. Tan duro que por las noches en la soledad  apagaba la luz y se cubría con sus mantas para poder soltar el llanto. Porque temía que la oscuridad develara su secreto. Su alma no tenía sosiego. Su corazón estaba vacío y su ser integro sentía un miedo profundo e irracional ante la soledad que se filtraba por su puerta.
La cama del hombre era sitio de visitas recurrentes y con cada despedida la soledad se instalaba burlona repantigada en el sillón a observar sus noches de insomnio, le cantaba canciones de amor con voz melosa y lo desafiaba a continuar la búsqueda.
Entonces el hombre por fin se dijo no. Se dijo no hay nada en este mundo que me ayude a destronar a esta visita indeseada. Se compró unas cervezas, la invitó a dejar el sillón y a mirarse de frente. La soledad se sintió intimidada por un momento. Este hombre joven, apuesto, la estaba invitando a ser parte de su vida. 


Se recogió los rizos que le caían rebeldes por la espalda, levantó con sus vestidos las decepciones con que tejió cada punto de su falda y al moverse de su sitió no se dio cuenta que sin querer descubrió la ventana. El hombre le sirvió primero una cerveza, y luego otra. Juntos rieron con el recuento de sus fracasos. Cuando se terminó la cerveza él recordó que tenía un ron, añejado, para un momento especial como este. Se paró, busco otra copa y se la extendió. La soledad estaba fulgurante porque al fin había vencido. Él era todo suyo y estaba derrotado. Entonces bebió, bebió y bebió hasta que sus ojos poco a poco se cerraron  y se durmió apoyada en la mesa.
El hombre se detuvo a mirarla con desprecio pero también con resignación, y entonces se dio cuenta que detrás la sillón la ventana estaba abierta. Se acercó a cerrarla y en ese momento la vio. La mujer pasaba sin mirar a nadie, caminando suave y sin prisa. De sus manos colgaban varias bolsas que ella trataba en vano de distribuir para aliviar la carga. Pero tropezó y casi se cae y sus compras rodaron por el piso. El salió presuroso en su ayuda. Sin mirarla se agachó y recogió todo lo que estaba desparramado. Cuando le pasó las bolsas ella le agradeció y en ese momento se miraron. Ella tenía la mirada más hermosa que él alguna vez hubiese visto. No necesitaba preguntarle nada. Ni siquiera le preguntó su nombre. Simplemente tomó las bolsas y la acompañó en silenció. Ella caminaba lento a su lado. Cada ciertos pasos intercambiaban miradas y cada vez estaba más seguro de que la habría reconocido entre multitudes. Ambos se detuvieron al llegar frente a la casa de la mujer. No querían despedirse. Ella nerviosa tomó una a una las bolsas pero él insistió en dejarlas dentro para que no se le cayeran. Entonces en retribución lo invitó a pasar. El entró y sintió que el aire, el aroma de ese lugar lo habían encantado. Inspiró profundo, su corazón latía acelerado y sentía el pulso en sus sienes. Ella tenía el rostro arrebolado.  No sabían qué decir. Hasta que lo invitó a tomar un café. Entonces frente a frente se midieron con la mirada para reconocerse y comenzaron a hablar y a contarse sus vidas.
Primero llegó la noche, luego la oscuridad pasó y amanecieron en un sillón conversando. Cuando él vio que el sol entraba por la ventana del living de la casa de la mujer se dio cuenta que debía irse. No podía invitarla porque en su casa reinaba otra mujer. No se atrevió tampoco a tocarla por temor a contaminar el momento y a comprobar que ella sólo era un sueño. Se fue a su casa lentamente, pensando en ella a cada paso. Al entrar a su casa la soledad aún dormía. Cerró la ventana, la llevó a su sillón y la arropó con una manta. No quería dormir, porque la realidad era mucho mejor que sus sueños. Entonces cogió el teléfono y le mandó un mensaje, ella le respondió y le mando una carita sonriente, buscó un tema musical y se lo envió, ella le respondió qué lindo…y así pasó la mañana, la tarde y llegó nuevamente la noche. Soledad se despertó y él guardó su teléfono. Le dolía la cabeza así que le dijo que no podía tomar más cerveza y le preparó un té con limón. Soledad no estaba como la noche anterior. Notaba que algo había cambiado. Lo seguía con la mirada y analizaba cada movimiento. Él iba y venía ordenando la casa. ¿Cuánto hace que no hacía esto? Soledad se preguntaba. ¿Será por mí esto? No lo creo. Sonó el teléfono y él se fue al baño. Lo sentía murmurar y reír. Demoró horas antes de salir de allí. Soledad se sentía agobiada y cansada. El hombre esperó que se durmiera, pero decidió no salir. Quería mantener esa distancia que nunca antes había mantenido. Así pasaron los días, Soledad dormía cada vez más y él aprovechaba esos momentos para intercambiar mensajes con la mujer de las bolsas. Ella respondía siempre que él le escribía. Un día hablaron varias horas por teléfono. Ya no necesitaba esconderse en el baño porque Soledad simplemente pasaba todo el tiempo dormida. Después de una larga noche se quedó dormido y al despertar sintió el aire cálido que entraba por la ventana, entonces se sobresaltó y buscó a Soledad pero ya no estaba, salió a la calle y no la encontró. Entonces entró a su casa, y abrió todas las ventanas, dejó que la luz del sol iluminara todo. Luego salió lentamente rumbo a la casa de ella. A mitad de camino se encontraron, se miraron a los ojos y se besaron por primera vez. No necesitaron preguntas ni respuestas. Sólo sentir el amor que se entregaron en ese beso. Se tomaron de las manos y caminaron sin rumbo. Al llegar a un parque se sentaron en una banca. El reía y ella se deleitaba con su risa. Unos pasos más allá Soledad estaba sentada al lado de otro hombre y éste agachaba la mirada.



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