DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 12

LA NADA


      Y entonces comenzó ese vacío que es peor que la infelicidad. Es el tomar conciencia de que ya todo está perdido. Ya las frases que se dicen para lastimar  no hacen nada. Las lágrimas no salen. Una se vuelve una autómata. Aun así faltaban algunas frases célebres que, en momento de debilidad pegaban fuerte y terminaban de derrumbar lo poco que quedaba de mí. Comenté antes que yo había subido de peso. Y él al regresar con nosotros por primera vez en muchos años llegó dispuesto a tener un trabajo estable. Y lo consiguió. El trabajo quedaba a 13 kilómetros y los recorría en bicicleta ida y vuelta. Eso lo mantenía muy bien físicamente, contra mí que ya cada vez caminaba menos por el trabajo y la artrosis precoz que comenzaba a avanzar aunque yo no me daba cuenta. Entonces me decía “Tú no te ves en el espejo. Mírame, mírame cómo estoy yo”. Y deje de mirarme. Odié los espejos. No me arreglaba, no me compraba ropa, no me peinaba, no hacía nada por mí. Sólo trabajaba y trabajaba y pensaba que lo mejor de mí era mis hijos. En mí, como persona, como mujer, no había nada que rescatar. Y me fui hundiendo en esa nada. Mi vida se reducía a trabajar y correr a hacer las cosas para que no se enoje. Si me demoraba mi hijo debía correr a ayudarme. Pero infaliblemente a las 18:15 hrs. cuando él llegaba todo debía estar perfecto y sentarnos como una familia feliz a comer y mirar televisión con él. Algunas veces estábamos tranquilos, pero la mayor parte de las veces no. Siempre había una razón para discutir. Y generalmente esta razón tenía que ver con el dinero. Con los años ese tema se fue haciendo cada vez más fuerte y más notorio. El dinero era parte del control.
      Como ya lo dije antes siempre las cosas pueden ser peores. Y como dicen tanto va el cántaro al agua que al fin de quiebra. Y nuestro cántaro estaba a punto de quebrarse. Nosotros dormíamos la mayor parte del tiempo separados. La casa había quedado de dos plantas. Arriba estaba la habitación de mis hijos y el que debió ser cuarto matrimonial y abajo quedaban dos habitaciones. Entonces él se trasladó a la planta baja de la casa.
      Para una kermese del colegio de mi hija me tocó preparan brochetas, junto a otras dos mamás. Y nos juntamos en mi casa. Yo nunca proponía salir, y menos después de las 18:15 hrs. Así que aunque no le agradara mucho llegaron estas dos mamás y nos quedamos en la cocina hasta tarde preparando estas brochetas para llevar al día siguiente al colegio. Como yo vivía cerca, quedarían en mi casa. Mientras las preparamos, conversamos y nos reímos. Una de las mamás hablaba muy alto y entre las cosas que contaba habló de un amigo al cual su pareja le revisaba el mail y ella contó que le aconsejaba que no debía dejar que eso sucediera. Ella se burlaba de esa situación y de las cosas que le dijo. Claro que no sabía que mi marido hacía lo mismo conmigo y al escuchar estos comentarios él pensó, que en cierto sentido, se lo estaban diciendo en forma indirecta a él. Entonces estaba furioso. Cuando las mamás se fueron,  en verdad no tenía ganas de lavar nada, entonces subí a mi habitación. Él al fin pudo salir de su encierro. Era habitual que cuando venía gente se encerraba, estaba molesto, pero esta vez su disgusto era mayor pensando que estuvimos burlándonos de él. Entonces fue a la cocina, y cuando vio fuentes, cubiertos y platos sucios, simplemente estalló. Tomó todo lo que estaba en el lavaplatos y fue y lo arrojó sobre mi cama gritando y haciendo escándalo. El griterío fue tal que decidí llamar a la policía. La policía llegó, tomó mi denuncia. Y por el momento las cosas quedaron en calma.
      Otra vez, mientras escribo, trato de entender. Como una pareja se convierte en eso. Y entonces recuerdo una frase de la última psicóloga a la que fui y que me dijo algo que me ayudó mucho y que creo puede ayudar a cualquier mujer. A cualquier persona en estas circunstancias: “No hay nada que entender, no tenía nada que analizar, ni explicarme. Las cosas eran así, él era así. Y yo no debía comprender nada más que el simple hecho de que no podíamos estar juntos” Pero aún hoy me veo tentada de buscar una explicación. Una explicación que no existe.
      Era claro que debíamos separarnos pero para eso debíamos ponernos de acuerdo. Y ese acuerdo era imposible. Él me aseguraba “que jamás me dejaría” y esa frase dolía tanto. Esa condena me mataba. No era una frase de amor, en ese momento yo me daba cuenta, sabía casi a amenaza.

      Llegó el año 2010. Hacía 22 años que estábamos juntos. A mitad de año se cumplían 20 años de casados. Veinte años. Mi madre vivía en Argentina y decidió vender su casa y venirse con nosotros. Ellos no se llevaban bien. Y en realidad yo no conozco persona que se lleve bien con él. Pero la animadversión entre ambos era mutua. De todos modos habían pasado muchos años en que no estábamos cerca de ella. Ella ya estaba vieja. Yo pensaba que podía haber cambiado, quería eso, lo necesitaba y él no sé si por no pelear, o por la perspectiva de que comprásemos otra casa, aceptó que la trajera. A los tres meses de eso, me quedé sin trabajo. Y bueno quienes llegaron hasta  aquí imaginarán lo que eso significaba. Si siempre hubo control, y ahora él trabajaba, ya hacía unos años en forma estable. Mi vida iba a ser un caos total. Encima ese año mi hijo entró a la Universidad, en un país donde la universidad es una inversión que deja en quiebra a muchas familias. Y yo decidí jugármelas por mi hijo. Por un lado di una entrega para comprar una casa. La casa que anteriormente arrendaba al frente de donde vivíamos. Mientras los dueños arreglaban temas de sucesión. Y por otro lado comencé a gastar para paliar mi falta de trabajo. Así que ese primer año no se notó que yo no trabajara.  Mantuve a mi hijo lejos de la casa, pagué la universidad, le pagaba sus viajes ida y vuelta, invertía en mi casa. Y luchaba por mantenerme bien. Había cumplido 50 años. El día de mi cumpleaños me juré: ni un año más. Pero no pude cumplirlo. De todos modos el abismo era cada vez mayor. A la par de los problemas que tenía personales, familiares, las posibilidades de trabajo eran escazas. Cincuenta años implica muchas cosas. Más allá de los títulos profesionales, de los idiomas, de la experiencia, es muy difícil hacer algo y el estado anímico me jugaba en contra. Volver a trabajar en forma independiente. En verdad no tenía fuerzas.

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