DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 5

PERDIDA DEL YO

      Y si hasta aquí el panorama es desolador, todavía falta lo que coronará nuestras vidas. La llegada de los hijos. Y quiero decirles que en realidad lo más maravilloso que le pasó a mi vida fueron mis hijos. Sin ellos no sé qué habría hecho. Fundamentalmente porque habría estado demasiado sola. Pero vayamos por parte. Nuestro Príncipe Azul está cansado, agobiado por las obligaciones, trabaja lo mismo que nosotras pero su stress sólo le permite ayudarnos, no suplirnos en la casa, y por supuesto su colaboración se limita a unos escasos conocimientos culinarios, a muy poco aporte a la hora de la limpieza y ni hablar de compras, planchado u orden de la casa. De a poquito y a cambio de unos cariñitos nos vamos convirtiendo en sus empleadas sin sueldo. Los despedimos como si fuesen a la guerra cuando salen, aún con el mismo rumbo que nosotras, los agasajamos cuando regresan, nos arreglamos para ellos, les preparamos ricos platos y vencemos el cansancio para que nos sientan seductoras y apasionada a la hora de la intimidad. ¿Y todo esto para qué? Para conservar un poquito de esa magia que reino antes de la decisión  de una vida juntos.
      Y entonces no seriamos una familia sin los hijos. En algunos casos vinieron en el paquete del armado de la pareja, en otros casos nos permitieron de la libertad de compartir un tiempo con nuestro amado y cuando estábamos como desencantándonos de recoger calcetines y calzoncillos llega la hermosa noticia de que seremos madres.
      Yo recuerdo tan bien ese momento. Dios mío. Me sentía tan feliz. Sentía que a pesar de todo este hombre me estaba “premiando” con el don de ser madre. Amé a mi hijo desde el primer segundo en que sospeche que estaba embarazada. Creo que ese amor tan profundo, que nace de las entrañas amenaza rápidamente con tirar por la borda cualquier mala imitación. Porque el amor por un hijo no tiene descripción, no tiene comparación, no se asemeja a nada.
      Este es el momento de prueba en la pareja. Aquí se verá quién es quién. Y más de una nos encontramos con un quien que no hubiésemos querido conocer. En mi caso pasó lo que a muchas le sucede. El nuevo padre, el hombre que debería sentirse orgulloso de mostrar a su descendencia comienza a sentir celos de ese pequeñín de nuestros desvelos. No tiene ni el más mínimo rasgo de comprensión que retribuya los que tuvimos con él. Y comienza de a poco a convertirse en un rival de ese hijo, que rápidamente pasa a ser sólo nuestro, de la mujer, más que de los dos.
      Voy a relatar un poco como se dio mi situación, y cualquier coincidencia, es una lamentable realidad. Yo pasé mi embarazo preparando el ajuar de mi bebé.  Tuve un embarazo de alto riesgo y por ende pasé mucho tiempo en reposo. En esa época en general no puedo quejarme de las atenciones y cuidados. Yo hacía todo lo que podía y él trataba de ser lo más comprensivo posible en vistas de que era una empresa en común traer al mundo a este nuevo ser. Debo reconocer que sin demasiadas sutilezas igual fue bastante comprensivo. El problema vino al momento en que el bebé nació. Pasó la consabida cuarentena, que en nuestro caso se extendió por bastante más tiempo y todo funcionaba de maravillas. Mi pareja no me presionó, ni hizo pataletas por tener sexo. Pero tampoco intentó darme cariño para alimentar una llama que amenazaba con apagarse. Se limitaba a trabajar. De noche no despertaba jamás aunque el niño derrumbara a gritos la casa.
      Y yo me paseaba sola meciéndolo entre tomas de leche, eructos y cambio de pañales. Recuerdo que tenía tanto sueño que aprovechaba los momentos en que el niño dormía para poder descansar unos minutos. A medida que creció, y lo hizo bastante rápido porque era un bebé grandote de tamaño, mi pareja espero un regreso mágico a una relación que no había alimentado. En verdad ni entiendo mucho de la parte orgánica de este proceso, pero estoy segura que mis hormonas habían decidido dedicarse a la producción de prolactina más que a alimentar mi libido.
      Yo sentía que estaba más conectada al cuerpo de mi hijo que a cualquier otro ser en el mundo. Lo amamantaba en forma exclusiva y en verdad no concebía otra función, al menos para mis pechos. El aseo personal me era prioritario por la función del amamantamiento y no podía anteponer el sexo a mi tarea de madre. Por mucho tiempo no me cuestioné que sucedió. Pero mi marido decidió que por culpa del niño lo había abandonado.
      A medida que mi hijo crecía las necesidades que había que cubrir en este hogar eran cada vez más grandes. Yo había estado sin trabajar dedicada a su cuidado los primeros meses y con trabajos esporádicos a partir de sus seis meses. Pero finalmente al año salí a trabajar a tiempo completo. Con horarios extenuantes a ritmo de Mall. Muchas días salía cerca de medianoche y a esa hora me esperaban entre 45 minutos y una hora para llegar a la casa. Empezamos a distribuirnos las tareas de la casa. El horario de entrada y salida de la guardería. Yo debía dividirme entre esos dos amores y algo me lo hacía demasiado difícil. Había surgido algo a lo que nunca antes me había enfrentado: los gritos, la descalificación.
      En verdad me sentía aturdida. No entendía en que momento había pasado esto. Mi vida era solo trabajar y trabajar, llegar a limpiar, lavar y en forma obligatoria cumplir teniendo sexo. Eso era un tema complejo porque por las noches el niño pedía que lo acompañaran para dormirse, y frente al poco tiempo que me veía, esperaba cuentos y canciones. Por otra parte el padre, mi pareja, el hombre que yo había elegido, sólo esperaba que cumpliera con mis obligaciones maritales para dormirse y cuando eso se hacía esperar demasiado la situación terminaba en interminables peleas y recriminaciones.
      Por esa época fue la primera vez que escuche un comentario que me caló muy profundo en el alma. Mi madre me dijo: “Tu vecina de al lado me dijo que te tiene lástima por como te tratan” ¿Y yo que hice? Lo negué. Dije no…es una exageración. En realidad alguna vez hemos discutido, pero no es para tanto. ¡Qué distinta habría sido mi vida si ese día hubiese admitido que las cosas no estaban bien! Que no sabía cómo salir. Que me sentía perdida. Que no entendía que estaba pasando. Pero es muy difícil hacerlo, reconocerlo. Una mujer del siglo XX, profesional, exitosa ¿y es víctima de malos tratos? No, perdón, esa no soy yo. Cerré los ojos y seguí trabajando, luchando, peleando, teniendo sexo por obligación y sintiéndome culpable por no ser capaz de enfrentarlo.
      En una de mis tantas crisis leí que en muchos matrimonios sucede eso y que es necesario hablarlo, poner el tema en la mesa, hablar con honestidad. Y lo hice. Busqué el momento más adecuado de intimidad, para con mucha delicadeza planteárselo, después de todo yo me sentía bastante responsable. Y entonces a mi arrebato de sinceridad me respondió un cachetazo de realidad. Ay muchos hombres a los que no les gusta que se ponga en juego su hombría. Entonces cuando dije muy delicadamente: “Mira, es que esto o aquello, no me hace sentir bien…no me motiva, en realidad me desencanta” la respuesta fue: “Entonces búscate otro que te lo haga mejor” ¿Y que hice? Me di vuelta en la cama y no volví a hablar del tema por muchos, muchísimos años mientras mi vida se derrumbaba a pedazos. Acababa de renunciar a mi definitivamente. Mi única fuente de felicidad era el cariño que me daba mi hijo, quien sanaba las heridas de cada decepción, de cada noche vacía, de cada día de desamor. Y me centré en eso, en criar a mi hijo y en trabajar. Después de todo yo era una buena mujer.
      Ahora pienso que si el tiempo pudiese volver atrás esa misma noche debí levantarme de esa cama, preparar mis cosas e irme. Tenía trabajo, tenía como mantenerme y mantener a mi hijo. Las circunstancias económicas me habían devuelto a mi país. Ningún momento fue mejor que ese. Era joven, tenía un hijo, es cierto, pero tenía toda la vida por delante.
      Sin embargo decidí hacerme cargo de la historia familiar. Mi madre se había separado en los años 60 y los resultados no había sido muy buenos. Ella se había librado de engaños y traiciones, pero habíamos quedado en una situación económica muy vulnerable. De vivir en la casa de mis padres con un hermano menor, habíamos regresado a la casa de mi abuela, bajo la mirada acusadora de parientes y vecinos. Mi madre no había soportado la presión y finalmente alternaba trabajo doméstico con sesiones de alcohol para olvidarse de todo. En esas ocasiones mi madre, la mujer que yo tanto admiraba, se convertía en un ser grosero, desvergonzado, malhablado…entonces…este recuerdo que llevaba a pensar que no era tan sencilla la decisión. No era capaz de ver las diferencias. Solo el temor a repetir esa historia me aterraba. Tenía horror a la pobreza, a no tener lo necesario para asegurar a mi familia.
      Esos miedos, esas inseguridades, esas cargas ajenas pero tan propias me llevaron a renunciar a mi propio yo. Decidí sacrificarme por el bien de mi familia, cerrar  los ojos y seguir adelante.
      Creo que esa fue la peor decisión de mi vida. Y por eso les digo que si han pasado o están pasando por una situación similar analicen lo siguiente: Como personas, el mundo que nos rodea es, existe, está así, pero adquiere sentido sólo cuando cada uno de nosotros lo valoramos. Y ¿qué podemos valorar de ese mundo si estamos donde no queremos estar?¿Si basamos nuestra felicidad en la sonrisa de un niño que es nuestro hijo, pero que finalmente no es tan nuestro?¿Cuánto durará esa felicidad y cuanta responsabilidad le estamos cargando a ese niño al confiarle nuestra dicha? ¿Qué sentido tiene renunciar a ser felices? ¿Por qué nos sentiríamos culpables de alejarnos alguien que no nos da lo que necesitamos? ¿Quién dijo que está mal pensar sólo en uno si de ahí parte todo?
      Si viviste estas opciones y te quedaste eres de las mías. De las que se inmolan a cambio de…nada. Por el simple y sencillo hecho de sentir que hacemos lo que debemos. Y lo peor de todo es que hacerlo no necesariamente nos convierte en mejores personas. De apoco comienza a tomar fuerza ese desasosiego que indica que las cosas, no sólo no están bien, sino que claramente no nos sentimos satisfechas.
      Hace mucho tiempo atrás leía que generalmente las mujeres nos quejamos más de nuestra situación marital, de nuestros esposos, de nuestras vidas. Si eso es real, cosa de la cual estoy segura ¿Por qué será? ¿Será que somos unas inconformistas? ¿Qué somos complicadas? No, la respuesta es otra. Nos dejamos llevar por la corriente haciendo cosas que no necesariamente nos conducen a ser felices. Hemos asumido que como mujeres debemos sacrificarnos, darlo todo por nuestra familia. Dejamos de lado intereses personales en pos de la felicidad familiar. Ya no nos arreglamos tanto, por muchas razones: desde evitar celos, hasta gastar en cosas más importantes. Esta primero la flor que el árbol. Entonces todo es para nuestros hijos, para nuestro esposo que necesita de todo nuestro apoyo. Y en verdad esto tiene consecuencias desbastadoras. No quiero entrar en el tema de la infidelidad masculina. En verdad que no es tema para este libro. Pero sintéticamente quiero mencionar que esa mujer que dejó de arreglarse, claramente deja de ser atractiva a los ojos de ese compañero egoísta que no está dispuesto a perderse nada de esta vida.

      

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