Cuentos Trasnochados:
Robertico caminó, como autómata, primero a la derecha, luego a la izquierda. Se cambió de acera en la cuadra en que había un grupo de amigos riendo. No sentía calor, no sentía cansancio, no sentía hambre, no sentía sus piernas, no sentía su cuerpo, no sentía sus manos…entonces se las llevó al rostro y al fin sintió algo…sintió el aroma de Luisa pegado en sus manos. En medio de todo ese vacío el aroma de su piel se coló a través de su respiración a todos los rincones de su cuerpo y sin saber por qué rompió a llorar. Cuando al fin llegó a la funeraria todas las luces estaban encendidas. Era unas luces pálidas que daban una sensación de pobreza, de precariedad a la escena. Estaban como si no estuvieran, debían alumbrar pero no conseguían más que dar un reflejo espectral a las personas reunidas. Unas vecinas se habían sumado durante su ausencia y rezaban un rosario murmurando. Los dos viejos estaban exactamente en los mismos lugares donde estaban cuando él se fue y apenas si lo miran de reojo mientras él ingresa luchando con un sentimiento que sólo quiere forzarlo nuevamente a huir. Pero lo vence y se arrastra hasta un rincón al fondo, donde vuelve a sentarse en el piso. Necesita salir de ahí, no quiere estar en ese lugar, no debería hacerlo. Abraza su cabeza con los brazos y escucha la voz de su madre: -Robertico, hijo, estás con fiebre…¡Ay Dios mío!, que voy a hacer yo aquí sola y con este niño enfermo- Robertico tiene 5 años. En muy poco se parece al muchacho que huía, aunque siempre tuvo tendencia a hacerlo. Como esa vez hace 11 años. Varios días atrás había escuchado discutir a sus padres. No solían hacerlo muy seguido, entonces decidió acercarse despacio a la cocina y escuchar. Su padre le decía a su madre: ---¡Escúchame por favor!, esto es por nosotros. Por ti, por Robertico, por nuestro futuro. No te estoy dejando, no los estoy abandonando- Después de eso se abrazaron y a pesar de que su madre lloraba parecía que la discusión se había cerrado. Su padre comenzó a acariciar el rostro de su madre con el reverso de su mano. Luego la cargó en sus brazos y le dijo: -Tu siempre, siempre serás mi chica, mi mujer, mi niña hermosa- Robertico recordaba cómo le gustaba sentir a su padre tratar así a su madre. Al día siguiente su padre salió como siempre a trabajar, aunque antes de irse hizo algo extraño. Al llegar a la puerta y después de besar a su madre, tomó a Robertico de la mano y con él salió al patio. Le dijo hoy quiero que te midamos. Lo raro es que eso lo hacían sólo en los cumpleaños. Tomó un clavo y después de apoyarlo contra el borde de la puerta hizo una marca y puso la fecha: 18 de abril de 1990. Acto seguido le dijo:-¡Este año has crecido mucho más, mira!- lo abrazó fuerte y salió. Fue la última vez que lo vio. Esa noche su madre le dijo que su padre se había quedado trabajando y así por dos noches. El tercer día ya no dijo nada, pero Robertico la sintió llorar. Pasaron varios días y empezó a sentirse enfermo. No tenía fuerzas para levantarse. Le pesaban las piernas. Sabía que algo estaba sucediendo y nadie se lo decía. Hasta que una tarde en que él estaba estudiando sintió a su abuelo paterno que consolada a su madre y ésta que lloraba más que otras veces. Él se acercó para ver que sucedía, entonces su madre lo abrazó y le dijo:- Robertico, Robertico…tu papá…- Y no recordaba mucho más. Solo con el tiempo fue comprendiendo lo sucedido. Hablaban de una balsa, de un viaje a Miami, que nunca pudieron saber nada de ellos, de ninguno. Que los habían buscado. Habían hablado con amistades, organizaciones y nada. Ni una noticia, hasta que alguien dijo que esa balsa zozobró, que nunca llegaron a destino. Estuvo enfermo por semanas. Toda la familia estaba preocupada, entonces su abuela paterna que se sentía responsable por no haber detenido a su hijo a tiempo, creía que debían mudarse con ellos e insistía: -Muchacha deberían irse con nosotros, así podremos ayudarte…- Pero la mujer impasible cambiaba el agua del pozuelo en el cual enfriaba los paños que ponía en la cabeza del niño para bajarle la fiebre mientras decía: -No suegra, el niño ya va a mejorar. El médico dijo que es un virus. Además que voy a hacer allá yo…nosotros estamos acostumbrados a La Habana…no me hallaría en el campo- Robertico solo recordaba haber visto entre brillos a las mujeres mientras hablan y que caía en un sopor del que salía cada tanto, sin muchas ganas. Sus siguientes recuerdos son de cuando ya estaba mejor de salud y se encontraba organizando sus cuadernos para ir al colegio mientras su madre le ayuda a ordenar todo. Estaba a punto de irse cuando su madre sacó de su bolsillo un dulce y se lo pasó. Robertico estaba consciente de la escasez provocada no sólo por la crisis económica sino por la falta de un adulto más en ese hogar. Entonces ese dulce era todo un tesoro. La madre lo envolvió en un pañuelo y se lo dio para que lo comiera en el camino. Ese día salía temprano. No había luz, ni gas, tampoco tenía leche, así que el dulce sería su único desayuno hasta que comiera en el colegio. De repente todos estos recuerdos se le había venido uno a uno a su mente. Esos momentos que uno trata de ni recordar, de no rememorar, ahora volvían vividos e increíblemente claros dejándole ver cosas que en su momento no vio. Con sus dieciséis años era capaz de ver lo que de niño no entendía. Su madre era una mujer muy especial. Fuerte, como casi todas las mujeres que conocía, aunque ella tal vez lo era más. Era joven, muy joven cuando fue madre. Tenía 19 años. Así que a los 24 años ya estaba sola. Y con un hijo de cinco años. No terminó de estudiar por dedicarse a su marido y a ese pequeño hijo y después, bueno después en una mezcla de perseverancia y orgullo no quiso pedir ayuda a nadie. Se quedó en la pequeña casa de El fanguito.

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