DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 8

LA GLORIA
      Este capítulo demuestra cómo sentir que uno llega a la cima es el preámbulo de la caída. Lo llamo la gloria ya que muestra el momento en el cual llegué a la cima de la estupidez: Creer que el éxito material resolvería las cosas.
      Al fin compramos casa. Lograba siendo muy joven comprar una hermosa casa, y casi todo en base a mis propios esfuerzos. Debido a un despido laboral había recibido un dinero que me permitía pagar la tercera parte del valor de la casa en efectivo y los trabajos realizados me daban la posibilidad de acceder a un crédito corto para terminar de pagarla. Era una linda casa, no muy grande pero en un gran terreno que permitiría ampliarla y conservar un hermoso patio. Teníamos lindos muebles, y todo indicaba que formábamos una familia envidiable.
      En ese momento me quedó mucho más en claro quien llevaba adelante la economía familiar. Perdimos un contrato en el cual mi marido me apoyaba trabajando y tuve que salir a buscar otras alternativas ¿y él?  Bien. Gracias. Lamentándose y así cumplimos 6 años. Desde que habíamos llegado a este país, a su país, donde se suponía que él tenía mejores posibilidades yo había estado al frente siempre. Los años que vivimos en esta casa fueron el inicio del desastre. A 11 años de casados yo estaba nuevamente embarazada y no podía confiar en mi pareja, en que él resolviera las cosas. Se lo pedí, le pedí que se hiciera cargo por un tiempo y sólo contestó: “Si yo me busco trabajo tú vendes todos los equipos que tienes para trabajar”. Ante esa salida no tenía opciones entonces tuve que convenir en arrendar la casa y volver a mi país hasta que naciera mi hija menor. No sin antes perder muchas de las cosas que había logrado y que me habían costado años de trabajo.
      Antes de esta decisión había vivido s 3 años terribles. Aquí el distanciamiento entre mi marido y yo era cada vez mayor. Aquí violencia comienza a hacerse cada vez más evidente. Frente a cada cosa que no le gustaba los gritos eran cada vez mal altos. Se suma a esta situación un división de roles cada vez más injusta. Él no iba a pagar deuda porque no le gustaba hacer cola. No iba reuniones de colegio porque tampoco les gustaban, no atendía el teléfono y la puerta si llamaban, no trataba con la gente que me llamaba por trabajo y me acompañaba a trabajar sólo si estaba de ánimo o si tenía ganas como que no tenía ninguna obligación de trabajar. Por esa época yo quise comprarme un auto. Mis ingresos me lo permitían, pero él me contestó que si él podía caminar yo también podía hacerlo y el tema del auto fue tema cerrado. Seguí por lo tanto caminando y esforzándome por conseguir y hacer los trabajos a punta de mi propio esfuerzo, porque cuando era necesario por trabajo salir en vehículo, pagábamos un auto de alquiler con chofer. Por supuesto en esas ocasiones eran las que le tocaba salir a él. Mientras tanto yo caminaba y caminaba. Me esforzaba con conseguir trabajos, contratos, hacer difusión. En algún momento pensé que era necesario, para poder afianzar el trabajo pagar publicidad y estar en catálogos de empresas, pero mi marido me dijo que se me estaban yendo los humos a la cabeza y que debía seguir trabajando del mismo modo. Tampoco podía contratar a nadie que me ayudara. Yo sé que quien lee esto pensará  por qué yo hacía caso. Y aquí es importante observar que yo ya había perdido la batalla. A pesar de que trabajaba, en teoría era independiente, en realidad no era así. Me había convertido en una esclava de mi familia, en especial de mi pareja, porque claramente por mi hijo todos los esfuerzos valían la pena.
      Otra cosa importante es que estaba criando un hijo hombre, y el ejemplo de pareja que le estábamos dando no era el mejor. Las peleas eran cada vez más frecuentes. Las discusiones. Y mi frustración cada vez mayor. Tengo el recuerdo que por esa época comencé a manifestar una conducta que repetiría muchas veces y que por repetida nadie creía que alguna vez sería real. Ante cada pelea que sentía que no podía manejar simplemente me iba, salía a la calle sin rumbo, con la loca fantasía de no volver. Caminaba y caminaba, hasta que me daba cuenta que vivía en un país extraño, que no tenía amigos, ni conocidos que me pudiesen ayudar. Entonces debía volver. Muchas veces en esas huidas él me seguía por la calle o mandaba a mi hijo que lo hiciera. Y entonces después de unas cuadras llevando detrás un niño que me decía “mamá…por favor vuelve a la casa” es difícil no llorar y regresar. Cada regreso era una puñalada en mi corazón. Una sensación de fatalidad, de estar viviendo un destino sin posibilidad de ser cambiado comenzó a apoderarse de mi corazón.
      Pero en algún momento y como un último esfuerzo antes de ahogarnos decidimos tener a nuestra segunda hija. En verdad nunca voy a arrepentirme de mis hijos. Jamás. Creo que nadie en este mundo me escuchó ni me escuchará decir que fueron un error. Es más si tuviera que repetir todo sólo por ellos lo haría…aunque trataría de acabar antes para quitarles esa pena con la que debieron cargar injustamente.
      Ya he mencionado que cuando estaba embarazada frente a la situación económica sin rumbo, porque yo no podía trabajar por razones de salud, arrendamos la casa con compromiso de compra y nos volvimos a mi país. No se aquí cuál fue el mayor error, si dejar la casa y regresar a mi país o lo que haría más adelante. El tema es que se hizo. Mudanza internacional, viaje en medio de las fiestas de fin de año. Yo embarazada de tres meses. Fue llegar y comenzaron los problemas. Por supuesto nada le parecía bien. Había tenido su reino por 6 años, sin presiones de ningún tipo, sin responsabilidades y ahora se daba nuevamente fuera de su país, con un hijo de casi 10 años y con otro en camino, y yo embarazada sin poder trabajar. Para agravar el cuadro nos asaltaron y perdimos muchos de los equipos de trabajo que teníamos. Entonces decidió volver solo a su país a trabajar y desde allí enviarnos dinero. Pasé entonces mi embarazo sola, con mi hijo, sin dinero. Cada tanto él venía a visitarnos, traía algo que al cambio resolvía muy poco, pero valoraba su esfuerzo después de verlo tantos años sin esforzarse en forma individual por nosotros. Esta vez lo estaba haciendo. Y pensé al fin está madurando, asumiendo su rol. Dios mio!!! No sé cuál situación era peor.
      Mi hija nació prematura y algo enferma. A los tres meses tuvo una neumonía y cuando venía saliendo del hospital un día él llegó y nos dijo regresamos a Chile. Así, sin más. Sin siquiera conversarlo. Y yo no dije dije nada, simplemente fui. Habían sido muchas cosas. Esa sensación de indefensión, de no poder hacer nada embarazada y con una bebé, de no poder proveer como siempre lo había hecho. Por fin mi marido se estaba haciendo cargo, entonces ¿qué opciones tenía? Había perdido casi todo lo que teníamos, salvo la casa que se seguía pagando gracias al arriendo. Y entonces volvía sin nada a recomenzar.
      Es interesante ver como parece que la vida me fue poniendo a prueba y nunca salí victoriosa. Tenía oportunidades de salir, pero optaba por la seguridad antes que por la felicidad. Todavía esa palabra estaba en mi vida. Pero sistemáticamente la dejaba de lado. Me decía a mí misma, la seguridad es más necesaria. Mis hijos necesitan seguridad. Acababa de ser madre nuevamente y esa necesidad de mi nido era cada vez más fuerte, más profunda. Pero no había mucho por hacer. Costó salir. Por un año fueron trabajos esporádicos de mi marido hasta que cuando mi hija cumplió un año partí trabajando y nuevamente la rueda comenzó a girar. Esa rueda que en vez de llevarnos por el mismo camino nos enfrentaba. Nunca éramos dos tras un mismo objetivo. Más bien éramos dos trabajando para un objetivo que me era ajeno y que ni siquiera me proporcionaba felicidad. Por esa época  vivimos con mis suegros. Y un día tras unos de los consabidos escándalos, por haber gastado unos centavos sin consultar, mi suegra discutió conmigo. No era su costumbre hacerlo. Todo lo contrario y tampoco meterse más de la cuenta. Pero seguramente lo injusto de la situación la sublevó y me dijo “Tu trabajas.. .Sabes qué anda y dile lo mío es mío y lo tuyo es tuyo…no dejes nunca más que te controle el dinero” Y yo fui y se lo dije. Entonces entenderán porque de este capítulo pasaremos al siguiente. No quiero intercalar ninguna reflexión más. Solo observen: yo no tenía identidad, no tenía decisiones propias, no tenía nada mío, salvo mis hijos, no era dueña de nada, y una sola frase me hizo ir y decir algo que sentía pero que no era capaz de enfrentar. Y claro, una cosa es decirlo y otra muy distinta hacerlo. Porque al intentarlo pasé del cielo al infierno


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