Cuentos Trasnochados






Capítulo 1
Con ese vacío en el alma.


Al final de una calle angosta y llena de adoquines, en una esquina como tantas de La Habana, hay una construcción que se está cayendo a pedazos. De lejos se siente el olor a flores amontonadas, apretujadas, que se mezclan con un aroma a café extra fuerte que reparten a los familiares y amigos que se pasean entre el calor asfixiante de las salas y la humedad de los pasillos.
Las funerarias siempre tienen ese aire pesado, de agobio. No importa si el día está soleado o densas nubes cubren el cielo. El aire siempre se siente igual, enrarecido. Una mezcla de sal de lágrimas y nostalgia de vida,  lamentos sin respuestas, amaneceres sin esperanzas.
En una de las salas que da frente a la calle hay  un cajón rodeado de unas pocas flores, que en todo caso son más que las gentes reunidas. Desde rincones opuestos dos viejos se miran con recelo. Uno de ellos es alto, aunque un poco encorvado. Pareciera haber tenido la cabeza blanca desde siempre, que contrasta con la tez cobriza; unos ojos profundos, negros, todavía miran con cierto aire de asombro y unas manos grandes, delgadas que evidencia años de trabajos pesados. Mueve sus dedos al ritmo de alguna melodía dentro de su cabeza como si tocara las cuerdas de alguna guitarra que alguna vez honró sus movimientos.
De lado opuesto lo mira otro hombre de su misma edad, o algo más.  En su fisonomía se ve una raíz más europea. Su piel es blanca y hasta algo rojiza producto de una sensibilidad al sol que nunca pudo ser controlada. Los ojos son grises, las facciones suaves; el cabello entrecano. La más absoluta tristeza domina su semblante. Está totalmente inmóvil, sólo observa cada tanto al otro viejo que parece absorto entre los recuerdos de otros lugares, otros momentos, lejos, lejos de este día que nunca debiese haber llegado.  Más allá está sentada en una silla algo desvencijada, Milagros, una vecina de muchos años. Es casi de la familia. Ha vivido con ellos desde los nacimientos hasta las pérdidas, ha sido juez y parte de cada contienda. Ha llorado y ha reído con ellos, ante cada desgracia y cada buena noticia. También ha sabido callar cuando hacía falta, o alcanzar un plato de sopa o compartir una olla de arroz. Sí, Milagros es de la familia, aunque no lleve el apellido.
Por último en un rincón de la sala con la cabeza entre los brazos está Robertico, uno niño todo enjuto y bien poco agraciado, que no tendrá más de 16 años.  Si lo miramos con detenimiento tiene algo del viejo moreno, en lo largo, delgado y fibroso, pero también algo de esa debilidad más europea de otro viejo. Su rostro no expresa nada. Sólo puede verse un rictus entre burlón y atormentado que no deja ver lo que se trae por dentro. Es un hombre…y los hombres no lloran.
Las moscas danzan a placer en medio del ambiente pesado, húmedo y muy caluroso de esa tarde de julio. El tiempo se arrastra lento, como si avanzar dependiera de ese calor. El mundo parece detenido en ese momento, cuando entra un cura y se acerca a uno de los viejos para preguntarle si ya pueden hacer el responso. El viejo busca la mirada del otro, pero el otro está absorto con la mirada perdida vaya uno a saber dónde. Entonces llama al niño:
-¡Robertico!, ven, párate, que el padre va a rezar la última oración-
El niño lo mira, se para y por un segundo pareciera que va a obedecer, pero entonces se larga a correr hacia la calle…
El viejo lo sigue echando improperios, mientras el cura lo mira y mueve la cabeza…El otro viejo no se ha inmutado para nada. Milagros  se acerca al viejo que se quedó en la puerta tratando de adivinar a donde fue el niño y poniendo una mano en el hombro del viejo le dice:
-No se preocupe Don Tomás, ese niño siempre ha sido medio raro-
El viejo vuelve con paso cansado  y se acerca lentamente a féretro mientras el cura comienza el responso.
Mientras tanto el niño corre y corre, tratando de escapar, aunque  le parece que escucha las oraciones aletargadas. Entonces corre más fuerte, más rápido, para taparlas con el ruido de la calle, el golpeteo de sus zapatos, y al fin…el ruido del mar a lo lejos. Entonces aminora la carrera y camina lento hasta el malecón,  se sienta entre unas piedras y estalla en llanto. No tiene ganas de moverse, no quiere volver caminando a la funeraria. Ni caminando, ni de ningún otro modo. En realidad simplemente no quiere volver. Con ese sentimiento en su corazón pasa horas, hasta que se da cuenta que está por atardecer. No puede pasar ahí la noche. No puede evitarse el dolor. No puede negar la vida y tampoco la muerte. Entonces se para y lentamente regresa sobre sus pasos.
Ahora los pies no tienen prisa. No huye, es más, lucha por regresar aunque no quiere. Cualquier excusa sería buena para no llegar nunca. Entonces aparece Luisa, una amiga del colegio a la que él apenas saluda. La niña suele mirarlo con ojos lánguidos cada vez que lo ve pasar. Julio, su mejor amigo del colegio siempre le dice que ella le manda mensajes pero Robertico hasta ahora no parece interesarse por ninguna niña en particular. Y justo vino a cruzársela ahora. Lucía, lo saluda y él apenas le contesta. Entonces ante su indiferencia decide  caminar tras él preguntándole mientras habla sin parar. Robertico odia que hable tanto. Cada tanto está tentado de pedirle que se calle, pero al menos su palabreo hace que deje de pensar. Aun así sigue caminando sin detener su paso ni tampoco apurándolo. Luisa se ha dado cuenta que más allá de la habitual indiferencia algo le sucede y luego de un silencio muy corto decide preguntarle. Pero el niño no responde. En un momento ella, que corrió casi todo el tiempo detrás de él, porque sus pasos aunque lentos son largos, se adelanta y al mirar su rostro lo detiene y le dice ¿estás llorando?…Roberto se enfurece y la corre hacia el lado con su brazo. Pero ella insiste preguntando qué le sucede…Entonces él se detiene y le dice:
-¿Qué es lo que tú quieres chica?¿ que acaso está loca? No me pasa absolutamente nada, entendiste, sólo me entró un poco de arena en los ojos-
Robertico ha detenido su paso y trata de controlar su respiración y su angustia. Entonces ella se apoya en un árbol al costado de la calle  y se sonríe seductora. Robertico, la mira de arriba abajo. Es casi como si la viera por primera vez. En realidad es bonita. Tiene ojos negros, profundos, el cuerpo es muy delgado, pero debajo de su falda corta muestra unas piernas morenas largas y muy bien formadas. Él  la mira a los ojos, ella le sonríe. El mira su boca, ella se muerde los labios. Entonces  Roberto se abalanza sobre ella, la besa, y la lleva detrás de un portal, donde la desviste apurado, ansioso, tembloroso. Luisa trata de detenerlo porque él no está siendo para nada cariñoso, ni dulce. En realidad nada se parece a lo que ella esperaba, a lo que ella imaginaba. El la besa con tanto desenfado, con tanta necesidad de fundirse con ella que aunque quería decirle que no, termina balbuceando ¿tienes condones?. Roberto la mira, revisa sus bolsillos y no tiene nada. Entonces ella revisa un pequeño bolso que lleva colgado y saca un sobre que le entregaron en el colegio. Ambos sonríen. Roberto abre el sobre con sus manos mientras sigue besándola. Luisa ya parece sentirse más a gusto, entonces se apega a su largo y sudoroso cuerpo  caliente y se mece junto a él en un éxtasis de pasión y arrebatamiento juvenil. Ninguno de los dos ha dicho una palabra. Ha sido un desahogo sin pensar, sin que mediaran frases de amor, ni promesas. Entonces salen hacia la calle y se sientan en una vereda sin mirarse, sin hablarse. Robertico agradece ese silencio que le evita explicaciones que no tiene ganas de dar a nadie. Mientras ella lo mira de soslayo él ha vuelto a rodear con los brazos su cabeza. Luisa lo mira con ternura y  no sabe si acariciar su pelo o darle un beso. Finalmente hace un gesto vano, pero no logra tocarlo porque él se levante y se va. Ella está por seguirlo pero finalmente desiste, aunque no sin antes llamarlo por su nombre:
-Roberto!-
Él se da vuelta, consciente de que debe decir algo, entonces solo le sale un:
-Hasta mañana Luisa-

La niña siente que ese hasta mañana conlleva una promesa y le regala una gran sonrisa.

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