DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 2
EL AMOR
Cuando
hablo del amor no me refiero a ese amor genérico que sentimos por nuestros
padres, hermanos, familiares o amigos. Aquí les voy a hablar del amor de pareja
y para poder hacerlo les voy a un contar un poquito de mi historia amorosa. En
realidad no se hagan expectativa en relación a conocer todos mis secretos, que
sin bien no son muchos, tampoco es la idea andar ventilándolos por el mundo,
pero si les voy a hablar de cómo me introduje en ese mundo tan especial del
amor, donde solo existimos, aunque sea por un mágico momento, sólo dos.
Mi
primer amor, una forma demasiado ambiciosa de describirlo, fue a los 9 años. Se
llamaba Walter y era mi vecino de enfrente. Creo que lo mejor de estos amores
de infancia es que, al menos a mí no me hicieron daño, pero sirven para
describir una actitud de vida que tuvo inicio justamente a esa tan temprana
edad. Walter tenía 13. Era todo un
hombre para mí. ¿Se imaginan? Cuatro años mayor en una edad en la cual esa
diferencia era casi la mitad de mi vida. Tenía cabello negro y ojos verdes y
era hermano de una niña con la cual yo jugaba todos los días. En nuestro amor
hay algunas cosas importantes que señalar. En primer lugar que fue a él a quien
le di el primer beso, también es importante agregar que fue todo un
desastre…nos chocamos los
dientes y me pareció asqueroso…pero eso sí,
luego de un poco de práctica decidí que quedaba muy bien cerrar los ojos y
luego para coronar el momento decir tiernamente “te quiero”. Apliqué esta
técnica por años y causaba efecto. No siempre el deseado, pero tenía su
impacto.
La
otra cosa importante es que nos intercambiamos fotos. No cualquier foto. Yo
tomé la foto que más le gustaba a mi mamá y se la regalé. Creo que él hizo lo mismo
porque cuando su madre notó que había desaparecido esa foto especial y encontró
mi foto entre las pertenencias de su hijo cruzó a mi casa airada a hablar con
mi mamá dispuesta a recuperar su tesoro. De más está decir que me llevé retos
varios y la vergüenza de devolver las fotografías. Ahora ¿Por qué menciono este
hecho? Porque lo he recordado toda mi vida. Por varias razones: primero ahora
pienso en qué momento se me ocurrió que yo debía o podía sacar una foto, que si
bien me la habían sacado a mí, era de mi mamá, para dársela a un niño sólo
porque me gustaba. No era una foto que yo tuviese, decidí darle una que mi mama
quería. Y la otra cosa que se derivó del hecho es esa sensación de que las
madres sienten que sus hijos son posesiones que están dispuestas a defender con
uñas y dientes haciéndonos sentir las invasoras, las usurpadoras del amor
filial, las extrañas. ¿Saben? Aún hoy experimento la misma sensación cuando me
enfrento a la madre de mi pareja. Lo más increíble es que ese enfrentamiento
entre mujeres me llena de inseguridad. Más adelante veremos porqué.
Bueno
la relación no duro tanto y, salvo ese detalle y sus consecuencias, sólo guardo
tiernos recuerdos de ella. Después vinieron experiencias no todas tan tiernas,
ni tan indoloras. Pasarían aún uno o dos más noviecitos de infancia hasta que
llegaría aquél que no sólo me encantaría sino que además revolucionaría mis
hormonas. Otra vez con diferencia de edad importante. Yo 14 y el 22. Esta
relación duro casi un año y por supuesto salí bastante lastimada. Él vivía
embobado conmigo, pasábamos todo el tiempo juntos, sosteníamos largas horas de conversaciones
tontas alternadas de cariños y demás demostraciones de atracción, sin
demasiadas consecuencias. El me celaba mucho. Las pocas veces que salíamos a la
calle pasaba imaginando que yo sonreía a otros, coqueteaba con otros y luego de
largas discusiones, en la cuales me sentía halagada por sus celos, que para mí
eran la mejor muestra de su amor, terminaba pidiéndole perdón por algo que
nunca había hecho para finalizar la controversia. Es importante señalar que no éramos del mismo
país, él era de Brasil y yo de Argentina. Entonces muchas veces, mirando en
retrospectiva, he estado tentadas en
creer que todo terminó a raíz de la distancia, pero la vida me ha demostrado
que no es así.
Lo
importante es que ya en esta primera relación comienza a marcarse un patrón: yo
no peleaba mis derechos, no cortaba con alguien cuando decía cosas injustas, es
más pedía disculpas por cosas que no había hecho. O sea simplemente para mi
amar era bailar al son de otra música. No la de la mía, no de la que podíamos
compartir juntos. Amar era bailar a su ritmo.
Pero
este libro no pretende sólo hablar de mi experiencia, sino de lo que he
aprendido a través de todo este tiempo y quiero que ese aprendizaje les sirva a
otras mujeres para no vivir lo mismo. Increíblemente a esta altura de las
cosas, a esta altura de la evolución de la humanidad, las mujeres seguimos
siendo violentadas de mil maneras. Personalmente pienso que una de las peores
formas es la violencia psicológica porque aniquila toda posibilidad de
rebelarse. Es tan sistemática, está tan bien hecha que termina resultando en la
destrucción paulatina de todo ese amor en nombre del cual nos condenamos.
Entonces
seguiremos hablando del amor. Y la pregunta es qué entendemos por amor. ¿Dejar
de ser nosotras mismas?¿Dar la vida por el otro? Dicho así suena absurdo. Sin
embargo cuando estamos enamorados todos tendemos a decir estas cosas. Que en el
contexto de la relación amorosa quedan muy bonitas. Pero hasta dónde esto es
una caricia, un halago hacia el otro y hasta dónde se convierte en la
destrucción paulatina de uno de los integrantes de la pareja.
Claro
nadie acepta lo obvio. A nadie le gusta poner las cosas en claro. Pero la
realidad es que cuando nos reclaman como propiedad debiésemos decir: No, yo no
soy tuya…soy mía. Sólo mía. Y tú, tampoco eres mío, porque no fui al
supermercado a comprar un kilo de pan. Una pareja somos dos, eligiéndonos a
cada paso. Eligiendo caminar juntos porque amamos sentir que nos seguimos el
paso. Nuestra pareja es distinto a nosotras, así como somos distintas a ellos.
Y es bueno ser distintos. Es bueno no ser iguales. Ninguno de los dos somos
perfectos y por ende además de que no hay dueños. No hay jueces. Nada destruye
más a una pareja que sentir que uno de los dos es el juez del otro.
Recuerdo
una vez en que tuve problemas en el trabajo. Llegué a casa muy abatida y
necesitaba contarle a alguien lo que había pasado. Me sentía muy frustrada, con
rabia. Toda la situación había sido injusta. Entonces sólo podía contarle a mi
marido lo que había sucedido. Iba en busca de mi pareja. Le conté…y la
respuesta fue: “Tu siempre haces las cosas mal. Qué esperabas que hiciera tu
jefe, que te premiara. Conociéndote te puedo decir que tuviste suerte que no te
tratara peor…” En ese momento me sentí tan sola. Y después…en la infaltable
excusa de revisar mi culpabilidad me preguntaba qué esperaba yo. Entonces una
amiga me dio la respuesta. “Me dijo cuando nosotros amamos a alguien, a una
amiga, o a una pareja y vemos a la otra persona abatida por un problema lo más
razonable es hacerle sentir que estamos a su lado. Tal vez no tengamos mucho
que decir, pero basta un abrazo, darle la mano o la simple compañía en silencio
compartiendo la pena. Ya habrá momento para analizar de quien fue la culpa.
Pero la primera reacción debe ser: estoy contigo. Cuenta con mi apoyo, con mi amor.
Pudiste haberte equivocado…pero aún así yo te amo y estoy aquí para apoyarte.
Ya veremos juntos como salimos”.
¿En
verdad existe gente así?. Si, si existe. Puedo dar fe de ello. El problema es
que cuando estamos con alguien incapaz de dar, incapaz de reconocer su propia
imperfección y encima se nos erige en juez, en vez de querer alejarnos de esa
persona comentemos el error de darle la autoridad para que nos juzgue. ¿y por
qué? Porque lo amamos…Ahora la pregunta a la inversa ¿El hace eso porque nos ama?
¿Qué clase de amor es ese que destruye?
Todas
las personas creo que nos hemos enfrentado a alguien que dice amarnos a su
manera. ¿qué es eso? No existe mayor acto de egoísmo!!! O nos aman de la única
manera posible, con respeto, con tolerancia, con lealtad o simplemente no nos
aman. Lo que pasa…y aquí está el verdadero problema. No es que nosotras cuando
nos enfrentamos a una pareja que no nos merece lo amemos más. Simplemente
tenemos miedo a que no nos amen. Tenemos miedo a enfrentarnos a esa realidad y
hacemos lo posible por cerrar los ojos. Y hay muchas maneras de no amarnos.
Esta la persona que no nos ama y simplemente se aleja y está el otro, el
ególatra, que ama a su manera y nos trata de tener a su servicio. Entre las dos
formas de amar prefiero el que se va. Ahora si nos enfrentamos a este otro
desamor, nosotras debemos irnos. ¿Qué es lo peor que nos puede pasar? Que no
perdamos el tiempo, que no suframos sin sentido, que no hagamos sufrir a toda
una familia, que no lo dejemos hacernos sus víctimas.
¿Qué
se necesita para tomar esa decisión? Construir, edificar, amurallar el mejor
amor: el amor por nosotras mismas. Porque no hay amor suficiente capaz de
llenar el vacío de una persona que no se ama a sí misma.
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