El niño de los ojos almedra (cuento)
Para
ti y para tu madre
Era una tarde de verano, de esas que el aire parece
que nunca se ha movido de su sitio. El calor pegajoso se apoderaba de los
cuerpos y el aletargamiento que producía dejaba a hombres mujeres y niños en un
estado de espera por la bendición de un ocaso, ojalá un poquito menos cálido.
En la puerta de su casa y en un vano intento por
atrapar una ráfaga inexistente la mujer está sentada en una silla que deja ver
el paso del tiempo por su estructura desvencijada. Se ha recogido un poco la
falda, con el fin de que sus piernas al aire dejen de sentirse empastadas de su
propia transpiración.
A su lado en una silla más pequeña se encuentra el
niño de los ojos almendra dormido con la cabeza en su regazo. Su cabello está
mojado de transpiración y deja una aureola en el vestido de su madre. Ella lo
mira con ternura y recorre con su vista cada parte de ese ser que ella misma
trajo al mundo y se regocija en la perfección de cada parte de ese cuerpo. Como
cuando recién nació le cuenta sus dedos, observa su nariz, las aletas que
apenas se mueven al ritmo de una respiración entrecortada. El pecho que se
agita en búsqueda de ese aire que para él muchas veces es huidizo. Los brazos
delgados y largos del niño se encuentran laxos, cayendo uno hasta el piso, el
otro sobre sus propias piernas. Las manos son finas y de dedos largos. La espalda
que nace bajo su cabeza es larga, lisa, tersa…Las piernas firmes. La madre se
siente orgullosa de ser parte de la creación que puso frente a sus ojos a este
su hijo, su único hijo. Él es el mudo testimonio de la locura de amor que pasó
una vez por su vida y que ahora sólo es un recuerdo lejano.
Pasan
algunos vecinos que desafían el calor deambulando por las calles desiertas y
miran a la mujer con el niño dormido en su regazo. Algunos con sorna, otros con
ternura, los más con un gesto de reproche.
El
niño de repente se sobresalta y despierta, todo su cuerpo sudado se estremece y
una inspiración vana trata de capturar el oxígeno, que siempre le es esquivo, para
inflar sus pulmones. La madre lo mira y
el niño en un gesto poco habitual en él se abraza a ella y le dice: Mami,
mami…tuve un sueño horrible…estaba lejos, estaba solo, había perdido todo, no
conocía a nadie, tenía miedo, la gente se burlaba de mí, sentí hambre, nadie me
ayudaba, no podía siquiera entender qué me decían, yo no era yo…era grande,
pero aún así sentía miedo…La madre le abrazo con ternura, pero firmeza, y le
dijo no te preocupes hijo, fue sólo una pesadilla, eso nunca va a suceder, y si
algo sucede será como este sueño, un día despertarás y podrás darme un abrazo.
La
vida transcurrió como transcurre para todos, el niño se hizo hombre y busco su
vida y sus sueños en lugares lejanos. Anduvo por miles de sitios donde reinó la
soledad y la decepción, llamó y nadie respondió, tuvo hambre, tuvo sed y nadie
le tendió una mano. La luz de sus ojos suplicó por su pasado y las lágrimas se
volvieron obreros diligentes construyendo la represa que las contiene para no
menoscabar su hombría. Las piernas, ahora mucho más largas, deambularon en
busca de un destino que no quería alcanzarlo. Una fuerza inexplicable lo
impulsaba a pesar de todo a seguir luchando. Y un día los caminos comenzaron a
abrirse, la luz llegó a ellos, el éxito le sonrió. El hombre se sintió al fin
dueño de su destino y casi, casi, olvida todo lo que ha sufrido.
A no ser que por las tardes, en la terraza de una gran
casa que se enseñorea en su entorno, donde todavía suele dormirse en su silla, pero
ahora frente al mar, con la brisa que le llega al rostro. Y a pesar de los años
que han dejado su huella, aún conserva la misma expresión. A pesar de todas las
victorias, su pecho sigue luchando por respirar. Así está cuando llega a su
lado la mujer con su cabello coronado de nieves y se sienta a su lado. Sigue
teniendo pesadillas, y sigue despertando sobresaltado…y sigue encontrándose
siempre con los ojos de su madre que
constantemente le repite: No te preocupes hijo, todo fue una pesadilla, ya has
despertado y aquí estoy yo para protegerte con un abrazo. Entonces él le regala
esa mirada que todo lo puede, la mirada profunda de sus ojos almendra y
sonríe…porque sabe que ahí radica su fuerza, en ese amor que lo insta a superar
todas las barreras. Ella cierra los ojos y aún lo ve niño en su regazo. El
cierra los ojos y se sabe seguro bajo la atenta mirada que lo cobija con su
amor y su cálido abrazo. La mujer ya no es la misma, el niño tampoco, pero
ambos saben que siguen siendo los mismos cuando se encuentran porque ella es su
madre, y él…él es su niño de los ojos almedra.

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