DEJAR DE SER CÓMPLICES: Capítulo 11
LA INFELICIDAD
Seguro
se preguntarán si podía haber algo peor aún. Si, de verdad, cada día puede ser
peor. Tomar conciencia de que uno no es capaz de romper con un círculo vicioso
es lo más terrible. Con eso me llegó el convencimiento de que no existía, ni
existiría jamás la felicidad para mí. Ser consciente de eso es lo peor que a
uno le puede pasar. Y resignarse a ello es mucho peor. Y yo lo hice. Me resigné
a que la felicidad era algo que pasaba en las películas, en las novelas, en los
cuentos. Pero no pasaba por mi vida. Eso, que muchos decían tener, no podía
existir. Entonces asumí que el amor no existía. Era sólo un mecanismo biológico
que le jugaba una mala pasada a nuestra mente y a nuestra alma con el único fin
de perpetuar la especie. Todo lo demás eran cuentos. Cuentos de hadas. Y adherí
a todas esas afirmaciones que hablan de fracasos y falsos sueños. No existe el
amor, ni pequeño ni grande. No existen los matrimonios perfectos, de esos que
son compañeros, que discuten pero luego se entienden, que ceden por no dañar al
otro. Todo eso eran cuentos chinos y yo lo había comprobado. Para corroborar mi
visión de la vida tenía al mejor maestro: mi marido. Para él no existían los
hombres mejores que él. Si las mujeres decían conocer a tipos dulces, amorosos,
tiernos, románticos, mentían. Ellos siempre escondían el engaño, la
infidelidad, la traición. Un buen hombre no puede ser así. Un buen hombre, es
sincero y la sinceridad está reñida con el romanticismo, con la ternura, con la
pasión, con el compañerismo. Y de verdad lo creí. Convencerme de eso me costó.
No voy a negarlo. Toda mi vida fui una romántica sin remedio. Y no pedía
flores, ni poemas, pero al menos un poquito de ternura. Parecía ser que yo no
merecía nada de eso bueno que podía pasarle a otras personas. Encima cada
pareja que conocía parecía ir por el mismo derrotero. Si el hombre se veía
bueno, amoroso, terminaban en infidelidad.
En
este momento sucedió algo. Después de una de las tantas peleas viajó a Santiago
y estando allá tuvo un accidente y casi pierde una mano. Apenas supimos
viajamos en el auto mis hijos y yo para acompañarlo. En verdad teníamos una
pena muy grande. Y estuvimos ahí, para acompañarlo en todo. Dificulto que
alguna vez él lea este libro. Tendría que tener una capacidad muy grande de
autoanálisis y de humildad para hacerlo y en verdad no pido milagros. Pero si lo
hiciera en este momento sería cuando debería reconocer que nunca lo dejamos
solo. Que nunca le fallamos. Nos quedamos con él. Mi hijo sufrió muchísimo.
Volvimos en auto a La Serena porque no lo operaron enseguida. Luego volvió para
su operación y se quedó en Santiago para las terapias. Esos 480 kilómetros puso
una distancia falsa. Porque nuevamente yo quedaba a cargo y si ya me conocen se
darán cuenta que hice: yo no abandono a nadie. (Otra vez esos terribles traumas
de mi infancia que me pasaban la cuenta). Y bueno, el programa para el cual
trabajaba había terminado, pero las obligaciones no, entonces comencé a dar
clase en universidades de la zona y en institutos. Tenía 7 asignatura en tres
lugares distintos, 4 carreras. Por otro lado con el cierre de ese programa me
dieron en forma externa un trabajo de registro de materiales para archivo que
me daba muy buenos dividendos, pero tenía que pagar arriendo, pagar viajes de
ida y regreso de mi marido, pagar luz, agua, gas, internet, teléfono y además
alguien que cuidara a mi hija pequeña cuando yo no estaba.
Nos
cambiamos de casa. Frente a donde arrendábamos se vendía una casa, estaba
bastante deteriorada, pero salía muy barata. Acababa de fallecer una abuelita y
su hijo, un hombre mayor sólo quería vender. Acordamos un precio y mientras
vendíamos la casa de Santiago pagaríamos un arriendo. A la mudanza la hicimos
con mis hijos de poco. Mi marido poco podía ayudar con su mano operada.
Limpiamos el patio, sacamos malezas, ordenamos, tratamos de estar bien en un
lugar pequeño. Y entonces me di cuenta que yo había tomado una gran decisión.
Seguir a costa de todo y eso tenía su precio. Trabajaba como loca, apenas
dormía. El control seguía exactamente igual, sobre cada gasto, sobre cada cosa
que hacíamos. Tomamos un plan de teléfono que tenía una hora libre al día para
llamadas de teléfono fijo a teléfono fijo en forma gratuita. El horario de 21 a
22. Era…no sé cómo decirlo. En realidad no quiero adelantar nada de lo que
viene más adelante. Pero a ver cómo lo digo. Como lo explico. Si yo amo a
alguien voy a esperar esa hora con el alma en un hilo para poder oírlo. Voy a
ser feliz de sólo escuchar su voz. Voy a pasar soñando y esperando que llegue
esa hora. Pero no era así. Todos temíamos a esa hora. Era la hora en que nos
pedían rendir cuentas. Y no sería raro ni extraño que un papá le pregunte a sus
hijos como les va en el colegio, es normal. Ni que pregunte que hacen. Es
lógico querer saber. Pero en la forma de hacerlo había algo. Algo que sonaba a
tormento. Igual que la promesa de no dejarme nunca, que me sonaba a condena,
las preguntas eran para enjuiciarnos. Y no era una percepción que sólo yo
tuviera. Era algo que toda persona que estuviera cerca nuestro lo percibía. Una
vez teniendo visitas me preguntaron ¿para qué hablan todos los días si en
realidad sólo pelean? Se nota que no es una hora feliz. Y bueno ni pensar en no
llamar. Creo que una vez lo hicimos porque me retrasé en una reunión del
colegio de mi hijo y fue para pelear y pelear aún más. El distanciamiento
provocado por esa separación, a diferencia de otras veces que hacía que nos
relajáramos un poco, esta vez provocó problemas mucho más graves. Mi hijo tenía
casi 15 años y mi hija 5. Aquí en algún momento él dudo en volver. Y ahora con
el paso de los años veo tan claro que nunca estuvo convencido de lo que estaba
haciendo. Y yo no sé porque. O mejor dicho si lo sé. Ambos nos aferrábamos a
algo muerto. Yo no quería perder el único hogar que había tenido en mi vida. Él
no podía enfrentar el fracaso frente a los demás y que vieran que había perdido
el control. Era, es, una persona que juzga a todos. Cómo el juez iba a fallar
en su propia vida?. Pero las cosas empezaron a salirse de la senda. A mi hijo
comenzó a irle mal en el colegio. ¿Y de quién era la culpa? Por supuesto que
mía. No ser lo suficientemente estricta, no supervisar lo suficiente, no
enseñarle, no acompañarlo, no, no, no. Una infinidad de cosas que yo no hacía
bien. Comencé a acostumbrarme a eso también. Yo hacía todo mal. Y mi hijo a temer
que cualquier cosa que hiciera repercutiría en mí. Aun así no pudo superarlo y
cayó en depresión. Depresión que por supuesto él no entendía. La depresión es
una enfermedad de mujeres. Era una excusa para no estudiar. Y empezamos todos a
venirnos abajo anímicamente. Pero volvamos a la duda en volver. Estábamos
agrandando la casa. Después de varios meses de tratamiento en Santiago y viendo que no estábamos en una muy buena
situación económica porque los gastos eran grandes, se buscó trabajo allá. Y
con eso ya costeaba sus pasajes y aportaba a la casa. Y claro seguramente
igual, en algún momento se cansaba de ese estrés permanente que causaban las
peleas. Pero se vendió la casa de Santiago y llegó el momento de tomar una
decisión. Y regresó. Y con él todos los problemas se magnificaron. Ya era claro
que la situación era cada vez peor. Los pocos momentos buenos eran forzados. Y
mi hijo comenzó a rebelarse. Ya no tenía ganas de seguir siendo el papá de su
papa. Estaba en plena adolescencia y necesitaba de un adulto y frente a la
falta de esa figura paterna equilibrada comenzaron los choques. Trató de irse
de la casa, me pedía que nos separáramos. Y yo no sabía a donde ir, qué hacer,
hacía donde enfocarme.
Aunque
trabajar por mi cuenta me resultaba bastante redituable y lo había sido por
años el hecho de no poder despegar más allá, de contar con otra gente, siempre
me mantenía en el límite. Cambiamos auto dos veces. Tenía créditos, cuenta en
el banco, pero en un momento comencé atrasarme, tratando de no darle demasiadas
explicaciones. Entonces tuve que buscarme un trabajo. Comencé a trabajar como
encargada de comunicaciones en una institución pública. Y nuevamente comenzaron
los viajes, alejarme, momentos de paz. Pero ya el tiempo había pasado, ya nada
era lo mismo.
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