Laurelia: Capítulo V. Un mismo lugar para dos pueblos

V
Un mismo lugar para dos pueblos
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Baldomero no podía entender, y Artemio en realidad tampoco comprendía demasiado. Aunque algo si estaba totalmente claro, la casa de su tío Melitón era la misma. Tory, su perro, era el único que podía verlo y por eso no abandonaba la casa solitaria y derruida de Villa Nueva. ¿Pero cómo podían convivir dos casas en un mismo sitio? ¿Cómo podían verse la una a medio derrumbar y la otra totalmente remozada? Artemio sentía que le dolía la cabeza, que le iba a estallar en realidad. Melitón, que sabía lo que estaba sucediéndoles a sus sobrinos, los miraba con condescendencia y sonreía plácidamente. Baldomero, se estaba molestando con esa sonrisa y sintió que se estaba enfadando con su tío que sólo sonreía y no les daba ninguna explicación plausible. Pero Artemio, dándose cuenta del estado en que estaba su hermano lo instó a calmarse. Algo le decía que esa explicación llegaría a su momento y sería muy larga. Por otro lado se sentía extrañamente cansado y, si bien hubiera querido ir por el resto de sus compañeros para avisarles que encontraron una salida y a su tío, en verdad las fuerzas parecían haberlo abandonado. Con esta extraña sensación en su cuerpo se dejó conducir hasta los cuartos de visita de la casa de Melitón, que tan bien los conocía. Baldomero fue ubicado en uno que quedaba al lado del baño y Artemio debió llegar al final de un largo pasillo que contaba con varias habitaciones. La primera era que era usada como depósito de insumos de minería. La segunda era el antiguo cuarto de costura de la esposa de Melitón y la  la siguiente, era prácticamente un museo. En ella vivió la hija única hija de Melitón con su esposa, Anahí, la cual murió a los quince años. El cuarto estaba intacto, con las muñecas de loza que tenían sus amplios vestidos almidonados, tal cual Anahí las dejara, aunque con sus ropas con un tinte amarillento por el paso del tiempo. Para disimular el olor a encierro, en todas es esquinas había pequeños ramitos de lavanda. Las cortinas entreabiertas dejaban entrar el sol de la tarde y una brisa cálida acorde a la época. Sisuiendo por el pasillo por fin estaba la otra habitación de visitas. El cuarto no era muy grande. Estaba todo pintado de azul y ostentaba dos pequeñas ventanas en lo alto, las cuales sólo servían para que entrara el sonido del canto de las aves, pero muy poca luz. En verano era fresco y agradable, porque las paredes eran de adobe, y en invierno transmitía la calidez del horno a leña que se ubicaba por fuera. Tenía un extraño olor. Nunca Artemio pudo determinar de dónde salía. Pero era una mezcla a madera, cuero y antigüedades. Marcelina, la esposa de Melitón, que fue una muy buena esposa. era una trabajadora incansable como pocas y ella tejió con sus propias manos, mantas, alfombras, manteles y cortinas. También hizo los cuadros que adornaban las paredes. Algunos eran platos de barro cocido que luego pintó y otros era bastidores en los que colgó hermosos paisajes bordados en punto cruz. Las obras de sus manos estaban por doquier en cada rincón de la casa. Artemio, recordaba el andar de su tía, con sus faldas debajo de la rodilla y el infaltable delantal cuadriculado que se ponía para no arruinar sus ropas y que se convertía, finalmente, en la única ropa que se le conocía y que la caracterizaba. Marcelina había muerto unos meses antes de la desaparición de Melitón y, si bien este nunca fue un hombre alegre desde la muerte de su pequeña hija, con la partida de su esposa se volvió casi una sombra que iba y venía en silencio.
Melitón, su perro y su caballo transitaban el pueblo como fantasmas. Por eso cuando desapareció todos asumieron que había sucedido una desgracia. Aunque sólo algo les llamaba poderosamente la atención, el perro nunca dejó la casa y el caballo, aunque en un principio se quedó esperándolo frente a la entrada del monte, luego que lo trajeron de regreso, cada vez que podía se escapaba e iba a parar a la caballeriza derruida de la casa de Melitón a pesar de que intentaron llevarlo al establo de los padres de Artemio, donde había mejor techo y más comida.. Hasta que todos aceptaron que ambos animales eran leales a su amo más allá de la muerte. Sin embargo, a pesar del abandono de la casa, ambos se veían bien cuidados y sanos. Diariamente ambos salían por las mañanas a dar una vuelta por el pueblo, rodeaban la plaza, descansaban bajo la sombra de un antiguo y muy grande pimiento. Luego hacían una parada frente a la “Estrella del desierto”, y después de un rato retornaban a paso cansino al hogar.
Todo esto recordaba Artemio, mientras su tío lo conducía a esa habitación en la que pasó tantos días en su infancia. Luego de repasar cada detalle de la misma, como si el tiempo no hubiera transcurrido, se sentó en la cama y en un santiamén estuvo dormido.
Nunca supo cuando tiempo durmió pero al despertar no podía precisar si era de día o de noche. Un delicioso olor a comida inundaba la casa y se colaba por las rendijas de las puertas. Artemio fue despertado por el aroma característico de unas ricas pantrucas y el olor característico del pan caliente. Se incorporó lleno de nuevas energías, se dirigió al baño donde había un gran cántaro de greda con agua fresca. Se lavó la cara y se dirigió al comedor.
El comedor tenía una mesa de madera, con patas curvas que era extensible, aunque solo la había visto totalmente abierta en dos ocasiones.  Las sillas eran altas y cómodas, de la misma madera oscura y con sus asientos y respaldos cubiertos de unos encantadores gobelinos. Hacía mucho que no entraba a este comedor. Hoy la mesa estaba extendida y a su alrededor se reunían Baldomero, Artemio, y un grupo de locuaces duendes que estaba ubicados en sillas altas que nunca antes Artemio había visto en la casa. Los duendes reían con voces agudas y las mujeres iban y venían sirviendo toda clase de comidas típicas. Había pantrucas, como bien había olido Artemio, pero también cordero asado, y humitas. Ensaladas de tomate con cebollín y escabeche de berenjenas. Para beber en la mesa había varias variedades de vino, como las que se conseguía en el fértil Valle del Limarí. Artemio se sentó al lado de Baldomero, quien no decía ni una sola palabra y sólo miraba extasiado los diferentes adornos que los duendes ostentaban y que parecían, y seguramente lo eran, de oro sólido.
Melitón brindó por sus sobrinos y a un golpe de palmas, las mujeres ocuparon sus puestos y todos comenzaron a comer. Luego de unos minutos en los cuales sólo se escuchaba el ruido de los cubiertos sonando entre sí o contra los platos, Melitón, tomo una  copa de vino y comenzó a hablar de este modo: Muchos años ha que yo dejé mi pueblo y salí a caminar por el monte. La tristeza por mi soledad acompañaba mis pasos. Al llegar frente al cruce de los montes me llamó la atención un ave que nunca había visto y decidí desensillar e ir a ver qué clase de pájaro era. Tenía un colorido sin igual, como yo nunca antes había visto. Lo más increíble es que a medida que me acercaba no intentó volar, sino que me observaba con curiosidad.  Cuando la tenía casi al alcance de mi maño se internó en el monte y yo la seguí. A medida que me internaba entre los altos árboles y escaseaba la cantidad de sol, comencé a sentir cantos muy extraños, gorgojeos y silbidos. Parecía que el lugar estaba plagado de aves cantoras. El camino se hacía cada vez más difícil de transitar. Entonces las aves comenzaron a cantar de una forma muy estridente hasta que todos os cantos se volvieron uno y una luz me encegueció. No podía hablar, estaba aturdido y apenas si podía ver. Trastabillé y me caí. Al llegar al suelo, en el que esperaba un duro golpe para mis cansados huesos, me soprendí con un pasto suavemente mullido y perfectamente cortado. Pasé mi mano por él y poco a poco todo se volvió más nítido. Estaba en un bellísimos jardín rodeado de pequeños duendes de ropas multicolores que me observaban detenidamente. Algunos me rodeaban, otros simplemente se rascaban la barbilla y abrían los ojos muy grandes. Ninguno se atrevía a hablar y la verdad, es que yo tampoco. En esta parte de relato, los duendes que comían en silencio profirieron grandes risotadas y luego continuaron concentrados en sus platos. Melitón aprovechó la pausa para tomar aire y un poco de vino y luego prosiguió. Yo no hablaba por temor a que la voz me hubiese abandonado, pero de todos modos y, a pesar de la curiosidad, no me resultaban intimidantes, así que me incorporé. Mi acto fue seguido de una larga exclamación cuando comprobaron que era mucho más alto que ellos. De atrás de los duendes que me rodeaban, aparecieron mujeres duendes muy risueñas, que enseguida me tomaron medidas para hacerme ropa, aunque en ese preciso momento yo no lo sabía. Todas ellas me condujeron de regreso por el que parecía el mismo camino por el cual había entrado. Yo pensé que tanta amabilidad no era por nada y sólo estaban preocupados porque me fuera de regreso a mi pueblo y no volviera más. Pero al salir me sorprendí porque ya nada era igual que antes. El camino estaba cubierto de flores multicolores y por alguna razón que desconocía caminar no me resultaba para nada cansador, así que dejé que mi caballo pastara mientras era conducido por la multitud hacia donde estaba Villa Nueva. Luego de caminar por un largo rato, divisé la conocida entrada del pueblo. Cuál no sería mi sorpresa al ver que ahora tenía un cartel que parecía de oro y que decía Villa Vieja. Yo en todo momento pensaba que todo esto era un sueño, o que sencillamente me había vuelto loco. Por eso no hacía demasiadas preguntas. Caminamos por el pueblo y llegamos hasta una esquina que me era por demás conocida. La esquina de mi casa. Me dejaron entrar solo en ella. Todo estaba tal cal lo había dejado unos momentos antes. Entonces entró Amarfil… Cuando mi tío hubo dicho ese nombre el duende llamado Amarfil se puso de pie e hizo reverencias a diestra y siniestra. Su sonrisa desprendía destellos por los dientes engazados en oro. Luego de amplias muestras de admiración volvió a su asiento y continuó comiendo.
Recién allí mi tío retomó su relato.  Consciente de que nos hacíamos las mismas preguntas que él hace tanto tiempo cuando llegó a este momento le dio un exagerado suspenso me nos llegó a exasperar. Pero luego de tomar y degustar tranquilamente el vino que tenía en su copa continuó:
-En ese momento no había para mi ninguna explicación posible. Me había cerrado a admitir lo obvio-
No tuve más alternativa que preguntar:
-¿Qué es lo obvio?
-Villa Nueva y Villa Vieja son dos pueblos que están en un mismo lugar pero en distintos tiempos…- Me contestó como si eso fuese una explicación razonable.
-Pero…pero…-Sólo podía balbucear. Entonces mi tío continuó.
-Miren, es necesario que me escuchen muy bien. ¿Alguna vez ustedes habían visto duendes?-
Ambos contestamos al unísono: -No, no, no.-
-¿Ven? Que ustedes nunca los vieran no quiere decir que ellos no existieran.  Estaban aquí, aquí mismo. Sólo que en otro tiempo y con un trabajo que hacer.
-¿Un trabajo que hacer?- pregunto Baldomero mientras los veía comer y tomar.
- Si, un importante trabajo que realizar…ellos son los guardianes de las entrañas de la tierra. Los guardianes de los minerales, los guardianes del oro-
Baldomero a esa altura tenía la boca abierta y aunque de ella asomaba un pedazo de cordero a medio mascar no lograba cerrarla y menos tragar.
-Los duendes siempre han existido. Los hay traviesos, que nos esconden las cosas. Los hay malos que echan maleficios. Los hay trabajadores, los hay campesinos, mineros, protectores de los animales, de las plantas… En este caso esta es una comunidad que tiene que velar porque los hombres que están allá arriba (tosió), o sea aquí mismo….no encuentren el oro ni ningún otro mineral…porque si lo encuentran destrozarán la tierra, horadarán las entrañas hasta lo más profundo con el único afán de quitarle sus riquezas ¿y después? Después la dejarán vacía, sin sus tesoros, sin agua, sin zonas fértiles, y se irán a otra parte a hacer lo mismo, sin importar lo que queda atrás, la devastación, la sequía, la contaminación, los relaves rebalsando residuos que infestan ríos, laguna y mares y luego matan a todos los seres vivos que por ahí se encuentren. Entonces, para eso están los duendes, para evitar que encontremos sus riquezas y vengamos a saquearlas-
-Pero- quise seguir argumentando…sin embargo mi tío se dedicó a beber, comer y y luego bailar y no volvió a dirigirnos la palabra. Baldomero y yo estábamos desconcertados. Teníamos demasiadas cosas que pensar. Salimos a la puerta de la casa y nos sentamos a la luz de la luna a pensar.






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