Laurelia: Capítulo IV- Una niña especial
IV
Una niña especial
Si algo sabía hacer Laura
era cumplir al pie de la letra los mandados. Ella era muy consciente de sus
limitaciones, pero estaba tan nerviosa por todo los sucedido que caminaba dando
saltitos, como para avanzar más rápido y se restregaba las manos entre sí y
luego contra su falda gastada. Pronto estuvo a la vista el almacén.
“La estrella del desierto,”
decía el cartel de madera ya descolorido por el tiempo. Y en verdad era una
ironía ese nombre, porque en el desierto se ven infinidades de estrellas, en
cambio en este almacén la mercadería escaseaba y rara vez uno podía encontrar
algo de lo que buscaba. Pero era el único del pueblo y don José, su dueño
viajaba a la ciudad más cercana a comprar insumos sólo una vez cada tres meses.
A su llegada no cabía un alfiler en el gran salón. Los visitantes habituales
que usaban las pocas mesas distribuidas en la gran habitación de paredes de
adobe y techos altos para tomar una que otra copita y enterarse de las
novedades del pueblo, desaparecían ese día. En su lugar el salón bullía de
mujeres que revisaban bártulos, preguntaban precios y comentaban sus
utilidades. Lo qué más esperaban era la llegada de telas. A estas se las
disputaban para tocarlas, ver su grosor, medirlas…A Don José no es que le
molestara esto, pero no favorecía demasiado a su negocio, ya que manoseaban la
mercadería y luego se iban sin comprar nada. Generalmente como un mes después,
o más aún, se dejaba caer como por casualidad alguna de las interesadas que
ahora, ya miraba con cierto aire de desprecio los paños gastados de tantas
revisiones y sucios de pasar por tantas manos y claro está, pedía rebaja, a lo
que Don José debía acceder por el estado de la misma, o por roturas en
envoltorios. De ese modo, las mujeres se ingeniaban para conseguir mejores
precios, ya que nadie estaba interesado en bajar más de 200 kilómetros hasta la
ciudad más cercana. La vida de esta gente estaba ligada a su tierra, a sus
calles polvorientas y a ese estilo tan peculiar de negociar.
Pero no sólo telas vendía Don José. Su mujer,
Adelaida, hacía unos exquisitos pasteles que los bañaba con almíbar y eran de
debilidad de Laura. Atrás su hijo tenía panadería y tanto por las mañanas como
por las tardes se podía sentir el exquisito aroma del pan caliente. Desde hacía
un tiempo, y porque se había comprometido con la Chela, también trabajaba en la
panadería Artemío, que nunca fue amigo de los piques mineros. Así que cuando
vio entrar a Laura sola y nerviosa, enseguida se dio cuenta de que algo
sucedía.
Laura cuando estaba en ese
estado se mordía los labios y no podía hablar. Artemio le trajo un vaso de
agua, le acercó una silla y y trató de que se calmara y le contara qué estaba
sucediendo. Pero Laura solo repetía: el Doctor Martínez, el teléfono…Artemio
llamó a la señora Adelaida, a ver si podía calmarla y en efecto fue muy buena
su presencia. Adelaida, como casi todos en Villa Nueva quería mucho a Laura y
comenzó a acariciarle su cabello, y a calentarle las manos que las tenía
heladas, y le pidió que respirara tranquila.
Y finalmente pudo hablar. Pero la noticia no los tranquilizó en lo más
mínimo. María había dado a luz una niña muy pequeñita, Doña Aurelia decía que
no viviría, y que había que llamar al médico. Pero el médico vivía a 120
kilómetros. La solución era llamarlo por teléfono y rogar que no hubiera
viajado a atender alguna otra emergencia por cualquiera de los pueblos de los
alrededores. Así lo hicieron. Adelaida llamó y explicó con detenimiento y
detalles que nunca vio, pero que supuso, la grave situación al Doctor Martínez.
Y éste, que conocía a cada persona del pueblo como la palma de su mano, se
preocupó. Le había dicho a María que no debía tener más hijos. Después del
último parto su útero estaba débil y muy probablemente esa fuera la razón de un
nacimiento prematuro. Recomendó, mientras se preparaba para ir, que calentaran
unos ladrillos y rodearan la cuna de la bebe para darle calor. Así que Adelaida
se sacó el delantal y partió hacia la casa de María. Laura se quedó un ratito
más disfrutando de unos ricos pasteles que le habían regalado por su
colaboración en tan grande desgracia.
Cuando Adelaida se hubo ido.
Artemio acercó una silla a la de Laura y le dijo al oído:
-Yo creo que es ella-
-¿Ella qué?¿Ella quién? No
entendía a qué se refería Artemio. Entonces éste, como si Laura tuviera que
saberlo, insistió:
-La niña, la niña es el
regalo-
Nunca sabremos si Laura
comprendió bien o no. Lo que si es claro es que desde ese momento ella sintió
que Laurelía no sólo viviría, sino que era una bendición para su familia y para
su pueblo y que, como además llevaba en parte su nombre, ella debía protegerla.
Así que salió del almacén de regreso, cantando, feliz. La niña viviría y ella
sería su protectora. Se sentía muy importante imaginando toda clase de
aventuras en el futuro y ni cuenta se dio en que momento estaba de regreso. Su
madre la estaba esperando porque comenzaba a hacerse de noche. Muchas mujeres
se habían congregado en la casa. Unas ordenaban a los niños para que se fueran
a dormir. Otras preparaban comida para el día siguiente. Laura miraba todo con
curiosidad. En ese momento la señora Aurelia se acercó con preocupación y le
comentó a su madre que el médico no
llegaría hasta mañana porque ya estaba muy oscuro y dijo:
-Espero que no sea tarde-
Laura la miró y sonrió y le
tomo una de sus manos entre las suyas y le contestó:
-No señora Aurelia, la niña,
Laurelia, es una bendición, ella es una niña muy especial. Sólo es distinta,
como yo. Ella es chiquitita, pero va a vivir. Porque ella tiene algo que
decirnos-
Aurelia sonrió con cierta
ternura y miró a Adriana como comprendiendo la necesidad que esta mujer tiene
de tener paciencia. Laura no entendía, pensaba Aurelia. Pero Laura entendía mucho
más que todos los demás. Por eso fue hasta el cuarto y se paró al lado de un
moisés, que a esta altura ya estaba rodeado de ladrillos calientes. La niña
estaba vestida con ropas inmensamente grandes que le habían traído los vecinos
para salvar la situación. Era difícil encontrar algo de su tamaño. Laura la
miró con detenimiento y acercó su dedo para tocarle las pequeñas manitos. En
ese momento Laurelia abrió los ojos. Sus inmensos ojos y la miró. Luego le tomó
el dedo con toda su manito y le sonrió. Laura quedó impactada y luego de que la
niña nuevamente se durmiera salió del cuarto y se dirigió a la calle.
En la puerta de la casa
estaba Baldomero, esperando a Artemio. Se veían algo agitado y nervioso. Cuando
Artemio llegó Laura sintió curiosidad y quiso saber si siguiéndolo averiguaba
algo más sobre a qué se refería cuando dijo es ella. Los hermanos entraron a la
casa, con el pretexto de todos los del pueblo, traer algo para tan inesperada
llegada. Envueltas con unos papeles de diarios viejos venían unas ropitas un
poco extrañas. No tenían los colores típicos que usan los bebes. Eran verdes, a
rajas con azul y amarillo estridente, unas. Otras naranja, con rojo y morado.
Unos pantaloncillos turquesa y otros de color rojo. En verdad nadie habría
pensado en ponerle esa ropa a un bebe, a no ser porque en realidad era la única
que parecía adecuada a su tamaño. Así que en cuanto la madre de Laura vio esta
ropita, que además parecía ser bien abrigadita porque era como acolchada, más la
manta que Baldomero también trajo, de un tipo de piel muy mullida, dejó de
inmediato de atender a las visitas y entró a la habitación de María.
María había despertado y
cuando supo de los últimos regalos y la intención que tenían de conocer a la
criatura las visitas pidió que los hicieran pasar. Laura aprovechó y se coló
tras los Vidal en la habitación. Si bien esta estaba dividida del living sólo
con una cortina, en realidad por mucho que los presentes se esforzaron por
escuchar la conversación no pudieron oír nada porque los hermanos, María y Juan
hablaban muy despacito. Lo único que se veía por el espacio entre la cortina y
el muro es que María y Juan se abrazaron emocionados. A continuación Laura tomó
a la niña y hábilmente, como quien viste a una muñeca le puso la primera ropa
que realmente era para ella. Laurelia, no paró de gorgojear todo el tiempo y al
sentirse abrigadita y tibia se acurrucó contra el pecho de su madre y se durmió
plácidamente.

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