LAURELIA: CAPITULO III: Un pueblo llamado Villa Vieja

III

Un pueblo llamado Villa Vieja



Al salir Baldomero y Artemio lo hicieron lo más aprisa que pudieron, aunque el panorama que les esperaban no era lo que ellos recordaban haber visto al entrar. Los dos quedaron como petrificados cuando a su alrededor vieron un manto de flores de tantas especies como nunca antes habían visto y de los colores más inimaginables y bellos. Atravesando ese manto un camino de pasto que parecía una alfombra unía la entrada del monte con otro círculo interno a las flores, también de pasto, un pasto especial, suave, mullido como una alfombra y que no se estropeaba al caminar sobre él. Aunque Baldomero y Artemio lo hicieron con el más profundo cuidado, convencidos de que no debían dañar absolutamente nada.
De ese modo llegaron hasta el círculo y al pisar en él la vida empezó a bullir como por arte de magia. Cantidades de pequeñas personitas, porque no eran enanos, sino personas diminutas, con caritas del tamaño de la cara de un niño, aunque se notaba que no lo eran por sus gestos y por como trabajaban, se dedicaban a llevar por una vía carros cargados de oro que extraían de una mina que estaba a la izquierda de donde ellos se encontraban parados. A su entrada así lo rezaba un cartel:
“Oro sólido para quien el bien quiera…”
-¿Qué es esto?-dijo Artemio casi a media voz. Y Baldomero contento de oírlo nuevamente también habló sin saber en realidad que decir…y sintiendo que sus palabras eran irreales.
-Es un cartel de oro….-
Los pequeños seres los miraban con curiosidad, pero aun así no dejaban de pasar en un desfile incesante de formas y colores. Los había delgados, gordos, de narices afiladas y largas, o regordetes y mofletudos. De piernas largas y cuerpos cortos o todo lo contrario, de piernas muy pequeñitas y grandes barrigas. Sus cabellos eran extraños. De los más diversos colores. Y la ropa muy estrafalaria. Una mezcla de trajes de etiqueta recortados al azar para ser adaptados al trabajo minero. Artemio y Baltasar no sabían qué decir. No se atrevían a moverse. Estaban totalmente estupefactos mirándolos pasar. Algunos los saludaban con agitados movimientos de sus manos. Otros con una simple inclinación de  cabeza. Lo más increíble de la situación era que estos “duendes”, porque no podían ser otra cosa, no parecían totalmente extrañados de ver a dos humanos en medio de ellos. Ninguno de ellos llegaba más arriba de la  cadera de cualquiera de los hermanos. Pero no parecían tenerles miedo. Luego de unos minutos, que les parecieron eternos, al fin algunos de los duendes se acercaron a ellos y comenzaron a interrogarlos. Hablaban el mismo idioma pero sus voces era agudas, y al final de cada palabra estiraban exageradamente las letras.
Poco a poco fueron ganando confianza y dejaron las faenas para acercárseles y hablar todos a la vez. Artemio y Baldomero en verdad les entendían muy poco, en medio del griterío de sus voces agudas, las palabras estiradas al final y el bullicio que provocaban al hablar todos a la vez.
Los Vidal comenzaban a ponerse nerviosos cuando una voz muy similar a la de ellos, pero que también estiraba las letras finales les habló. Entonces todos callaron. Artemio no lo reconoció inmediatamente, aunque claramente era un humano.


El hombre lucía bastante bien vestido, para ser el único humano que vivía entre toda la marea de duendes. Sus ropas no eran de colores estridentes, aunque si se las miraba en detalle, parecían cosidas por hilos de oro y emanaban un extraño reflejo dorado. El hombre los miró de cabo a rabo, caminó alrededor de ellos midiéndolos con la mirada. Los duendes lo observaban muy atentos imitando todos sus movimientos. Si el viejo se agachaba un poco, todos ellos hacían lo mismo, cuando en realidad no era necesario, que ellos eran sumamente bajitos. Si el viejo giraba en torno a ellos, los duendes hacían lo mismo en masa. Cuando el viejo levantó el bastón, todos hicieron un gesto como de esquivarlo y luego se enderezaron a la vez. Hasta que finalmente el viejo sonrió y se acercó a Artemio para decirle:
-Tú eres Artemio Vidal y tu Baldomero ¿no es cierto? Los reconocería aunque pasen miles de años- dijo esto abrazándolos y luego alejándolos de si para mirarlos bien y luego le dijo a Artemio- Mira, aún conservas ese pelo rebelde que no puedes asentar en tu cabeza. ¿No me reconoces? Soy Melitón tu tío. El que te enseñó a andar a caballo.
Artemio apenas si podía balbucear. Solo pudo abrazarse a él en silencio, al igual que Baldomero. Cuando los duendes vieron esto comentaron a reír todos a la vez y se abrazaban entre ellos.
Melitón entonces les hizo seña con el bastón de que continuaran con lo que estaban haciendo y los duendes, aun intercambiando abrazos por doquier continuaron con sus faenas. Los hermanos y el tío caminaron por la calle principal, que tenía las mismas curvas y el mismo ancho que la calle principal de Villanueva. Era como ver a su mismo pueblo pero bañado en oro sólido, con casitas diminutas, muy arregladas y rebosantes de flores. Aquí y allá se veía a pequeñas mujeres que hacían las labores del hogar. Todas levaban faldas acampanadas y cuadriculadas a la rodilla, por debajo aparecían unas enaguas con encajes y las piernas estaban cubiertas por medias de color blanco. Los zapatos se veían exageradamente grandes para el tamaño de sus cuerpos pero no se notaba que tuvieran ninguna dificultad para caminar.
Los jóvenes miraban aquí y allá extrañados. Se sentían como en su mismo pueblo pero claramente no podía ser el mismo lugar. Existía un abismo profundo entre la pobreza en que ellos vivían; la sequía; las calles cubiertas de polvo, resecas y resquebrajadas, las casas de adobe derruidas y este pueblo, de graciosas casitas pintadas de blanco, con hermosas jardineras llenas de flores y donde a los costados de las calles corrían pequeños arroyuelos de aguas cristalinas bordeados de un pasto intensamente verde. Sin embargo todo parecía estar en el mismo lugar con una diferente realidad.
El impacto más grande fue cuando llegaron a la esquina donde en su pueblo estaría la casa de Melitón. No necesitaron decirse nada, simplemente se miraron cuando vieron a su tío dirigirse a una casa exactamente igual que la de su pueblo, sólo que esta estaba arreglada, rodeadas de flores y pintada de blanco. Al entrar, Melitón no necesito decirles nada. Sabían dónde estaba cada lugar, así que lo siguieron en silencio cuando este rumbeó hacia el patio. Lo que vieron allí ya rebasaba toda lógica. Melitón se sentó en la misma banca que ellos habían contemplado abandonada por años, y casi mueren de un infarto cuando vieron  a su perro. Ese que por nada quiere dejar la casa abandonada, hacer fiestas con la cola a su amo.
Se sentaron en silencio. Melitón los miraba fijamente y sonreía.
Primero hablo Baldomero:
-Entonces tío…entonces…¿usted nunca se perdió?-
Artemio lo miró como si escuchara hablar  a un loco, y sacudió la cabeza a la vez que decía en voz muy alta:
-Pero no vez Baldomero, no vez que no puede ser el mismo lugar. Es imposible. Hace diez años que no vemos al tío…y mira como luce. Mira sus ropas, mira todo esto alrededor. No, no, no Baldomero. Esto es una locura y tú y yo estamos muertos. Algo debió suceder en esa senda que no recordamos, pero Villanueva no es así. Villanueva es un páramo en medio del desierto. El pueblo más pobre por esos lados. De esa tierra nada puede sacarse, ni agua, ni plantas, ni pasto, ni flores y menos que menos oro-
Meliton, que lo había dejado hablar sin interrumpirlo,  a esta altura lanzó una carcajada y dijo:
-Artemio, Baldomero, este no es el mismo lugar. Ustedes vienen de Villa Nueva y este pueblo se llama Villa Vieja. Los hermanos se miraron sin comprender absolutamente nada.



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