LAURELIA- CAPÍTULO II- Un claro en el monte

II


 Un claro en el monte.







Corrían los años cincuenta, cuando bordeando el río San Juan un campesino, de los tantos que pasaban por allí, decidió desviarse de la orilla que lo llevaba directo hacia Villa Nueva a ir en dirección al monte que se veía no demasiado lejos a su derecha. Se bajó de su petizo y se dirigió sin vacilaciones. 
Nunca se supo más de él. Pasaron diez años y entonces un sobrino lejano de este campesino sintió la misma tentación, pero esta vez on el objetivo de investigar lo sucedido a su tío. Para no desestimar los riesgos esta vez decidió invitar a un grupo de personas para que lo acompañaran y fueran parte de esta pesquisa que debería aclarar de algún modo el destino de su tío, según él decía, aunque algo interior le decía que había mucho más que una desaparición anecdótica después de tantos años. 
Así, Artemio, en compañía de sus tres hermanos y cuatro vecinos, partieron una tarde primaveral hacia el monte. 
Era un día esplendoroso, los verdes que empezaban a aparecer en las laderas de las montañas eran de color intenso y plenas de vida y contrastaban con los amarillos tardíos de algunos árboles que parecían ignorar la llegada de la estación vivificante. La vida bullía en los árboles y nuevos nidos empezaban a poblarse de alegres pajarillos cantores. 
Artemio se despidió de Chela que se sentía atemorizada por este arrebato de valentía y curiosidad de su amado. Ella le dio una canasta con provisiones para el viaje y ocultó lo mejor que pudo sus miedos, al fin y al cabo eran sólo amigos, aunque todos se daban cuenta de que existía un interés más profundo que una simple amistad por parte de ambos. Él la miró agradecido y pensó que de hallar un lugar donde vivir y trabajar dignamente le pediría a Chela que se casara con él, pero este no era el momento y la circunstancia. Por ello dio media vuelta presuroso y firme y conminó a los demás a ensillar sus caballos y aprontarse para el viaje.
Los hermanos que lo acompañaban eran Olegario, Baltasar y Baldomero, los tres mayores que él, aunque ninguno sobrepasaba los 23 años. Los vecinos en cambio eran mayores Don Pancho era el más viejo del grupo, contaba con más de 40 y tomaba la expedición como el pretexto ideal para salir de casa unos días. Su mujer, Doña Hilda era mayor que él y nunca le había dado hijos, aunque era una muy buena compañera, trabajadora como pocas, pero algo mandona y lo controlaba a toda hora. Aunque esta actitud la tenía, no por el afán pretencioso de ser quien toma las decisiones, sino porque Pancho era hombre propenso a tomarse unos tragos demás cuando se juntaba con los amigos y enseguida cobraba sentimientos que terminaban asiduamente en peleas. Sin embargo aceptó de buen agrado esta salida ya que consideró que le serviría para reconciliarse con su compadre Roque, vecino de años con quien se había peleado porque después de unas copas decidió acusarlo de ser él quien le robó la gallina bataraza que se le perdió el verano pasado. Roque, hombre por demás paciente e incapaz de cometer tal tropelía, lo tomó como de quien viene, pero como Don Pancho al otro día de haber emitido tal acusación le quitó además el saludo, realmente se ofendió y de allí en adelante evitaba toparse con Pancho hasta al salir a la puerta de su casa. Por eso todos se extrañaron cuando aceptó la invitación a sabiendas de quienes integraban la comitiva. Callado preparó sus bártulos y se despidió de Juliana su esposa, y madre de tres retoños que aún dormían. Los otros dos integrantes del grupo eran Manuel y Arnulfo ambos solteros y amigos de los tres hermanos Vidal.


Salieron al trote en sus caballos y llevando provisiones como para una semana, aunque además llevaban escopetas para cazar y caña para pescar, y se alejaron lentamente dejando una estela de polvo a su paso. Rumbearon hacia el este bordeando el río y al atardecer llegaron hasta el punto donde diez años atrás habían encontrado al petizo del campesino perdido pastando tranquilamente y sin una seña de su amo. Decidieron hacer noche en el lugar. No hacía demasiado frío, pero sabían que a medida que oscureciese el rocío se iría haciendo cada vez más helado y penetrante. Por eso armaron un buen fogón y a su lumbre se sentaron a conversar y comer algo antes de descansar para el viaje que les esperaba al día siguiente.
Por la mañana, con los primeros rayos del sol calentaron sus churrascas al rescoldo y se tomaron unos mates. Fueron a buscar agua del río para apagar bien los restos del fogón, no fuera que se provocara un incendio y guardaron un poco por si acaso les faltaba en el viaje. Estaban todos callados, ensimismados en sus pensamientos. Ensillaron sus caballos y partieron. Ninguno hizo comentario alguno, pero todos pensaron que Leopoldo, el campesino desaparecido diez años atrás, no pudo haber ido muy lejos tomando en cuenta que se internó en el monte a pié. Tal vez ni siquiera hizo eso y simplemente se ahogó en el río. Aunque esta última teoría ya había sido desechada por la mayor parte de la gente del pueblo ya que el hombre era buen nadador, y además habría aparecido el cuerpo en algún momento arrastrado por la corriente. 
En estos pensamientos estaban todos cuando a muy poco andar tuvieron el monte al alcance de sus manos. Todos bajaron de sus caballos y, rienda en mano, iniciaron la caminata por un monte que tomaba características de selva y se ponía cada vez más espeso. 
-Según pienso- dijo Artemio –este monte no puede ser demasiado grande y no nos debe llevar más de dos días llegar hasta Talacasto o La Ciénaga, según el rumbo que tomemos-
-Todo depende de lo espeso que esté más adelante- dijo Olegario-
Continuaron la marcha en silencio, pero luego de unos 300 metros muy densos el monte se despejó dejando lugar a un claro de extraña forma circular y rodeado de altos pinos. Se podían ver tres senderos más además del que ellos transitaron para llegar hasta allí. Uno parecía ser la continuación del que estaban siguiendo, como si el claro sólo hubiese interrumpido el camino. Y los otros dos, uno a la izquierda y otro a la derecha parecían un camino perpendicular. Luego de una extensa perorata, que no los conducía a ningún lado, sobre qué debían hacer, y qué rumbo tomar, Don Pancho ejerciendo su mayorazgo, dijo resuelto:
- Iremos todos juntos sin separarnos por la senda que tenemos enfrente. Si no hay nada nos volvemos y exploramos las otras- 
Algo en su voz hizo que nadie estuviera dispuesto a alegar y el asunto quedó zanjado. Partieron entonces por la senda que tenían enfrente. Nuevamente el monte se espesó hasta que no pudieron avanzar un paso más. Desandaron camino entonces y nuevamente en el claro esta vez fue Roque quien opinó y dijo:
-Vamos por la senda que tenemos a nuestra izquierda, ya que por la otra regresaremos al pueblo tarde o temprano-
Emprendieron nuevamente la marcha, pero sucedió exactamente lo mismo que en la senda anterior. Nuevamente regresaron al claro y poco convencidos entraron en la última senda donde aconteció exactamente lo mismo que las dos veces anteriores. A la vista de la situación, los ocho aventureros comenzaron a analizar las alternativas que les quedaban a lo cual siguió la certeza de que a lo mejor el monte tenía otro acceso que no habían visto al internarse en él por primera vez. Partieron hacia la senda por la que habían llegado al claro la primera vez, ahora presurosos y contrariados por tanta pérdida de tiempo, pero se llevaron una tremenda sorpresa porque a medida que avanzaban y por muchos esfuerzos que hicieran el monte se hacía tan impenetrable que les impedía el paso y no pudieron encontrar la salida.
Nerviosos y, sin querer confesarlo, atemorizados, volvieron prestamente al claro. El silencio era total. Ninguno tenía ganas de hablar, tal vez por temor a dejar traslucir sus aprensiones. Recogieron leña, hicieron una fogata, calentaron un poco de agua y empezaron comer, ya que las idas y venidas les habían abierto el apetito. 
El primero que habló fue Arnulfo.
-A lo mejor esto mismo le sucedió a Don Leopoldo y simplemente no pudo salir más-
-Cállate tonto- contestó Manuel -ya habríamos encontrado sus restos si hubiera quedado encerrado aquí-
-¿Y los animales del monte no se lo habrían comido?-
Todos lo miraron como dándole la razón.
-Pero algo habría quedado, aunque sea restos de ropa- sugirió Baldomero.
Artemio algo disgustado los llamó a razonar 
–Díganme ¿acaso ustedes piensan que efectivamente no hay salida? Eso es la mayor estupidez que he oído en mi vida. Es sólo cuestión de cortar ramas para volver a salir. Además si entramos, debemos habernos desviado de la senda porque esta no puede desaparecer así como así-
Dicho esto todos, no demasiado convencidos, siguieron comiendo. Luego tomaron unos mates y se dispusieron a trazar un plan de acción que no les permitiera a los nervios jugarles una mala pasada.
Eran ya como las 3 de la tarde del segundo día. Alguno debía decidirse a empezar a buscar una salida, porque seguramente por temor a confirmar lo que todos temían, ninguno parecía tener prisa por levantarse. Nuevamente Artemio tomó la delantera y trató de organizarlos
-Como es difícil que nos perdamos vamos a dividirnos en grupos de a dos para volver a explorar nuevamente las sendas que ya vimos y lo haremos del siguiente modo…- tomó entonces un palo y a modo de lápiz trazó el siguiente mapa que yo aquí trato de reproducir lo más fielmente posible.





-Hacia el norte irán Manuel y Arnulfo, hacia el este Olegario y Don Pancho, hacia el Oeste Baltasar y Roque, Baldomero y yo trataremos de encontrar nuevamente la salida- 
Dicho esto, y ya que ninguno tuvo nada mejor que decir, se prepararon para ir cada uno hacia la senda fijada en pares tal como lo dispuso Artemio. Dejaron todos sus bártulos en el centro del claro ya que allí debían encontrarse nuevamente luego de explorar cada senda.
Manuel y Arnulfo se internaron rápidamente en la senda norte, y pronto se perdieron de vista aunque se sentía el ruido que hacían al despejar las ramas de los árboles. Don Pancho tomó un machete que había llevado por si acaso le hiciera falta y junto a Olegario se fue por el este. Roque le echó una mirada a su amigo Pancho como queriendo decirle algo, pero se contuvo, bajo la cabeza y junto a Baltasar se dirigió a la senda oeste. Mientras tanto Baldomero y Artemio que los vieron irse se dirigieron hacia la salida. Estos ultimo casi no alcanzaban a penetrar en la senda cuando oyeron lo que parecía un estallido de pájaros de todas las especies trinando a la vez. El ruido era ensordecedor e iba en aumento al punto de que parecía que cantaban dentro de la cabeza de ellos. Artemio sacudió la cabeza, pensando que era una alucinación suya, cuando vio a Baldomero tambalearse con las manos en los oídos. De pronto se oyó un solo trino, más alto que todos y semejante al ruido de una trompeta y luego se produjo el silencio más absoluto que ustedes se puedan imaginar. Los hermanos se miraron extrañados y quisieron compartir lo que acababan de oír pero la voz parecía haberlos abandonado por mucho que intentaran hablar. En eso estaban, ya bastante espantados, cuando oyeron o más bien vieron y sintieron como las ramas se abrían hacia la salida y por allí entraba una potente luz. Tal vez el sol pensó Artemio que a estas alturas no se animaba aún a comprobar si le había vuelto la voz. Ambos se apresuraron a salir. 


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