Sobreviviendo en línea
Son las seis de la mañana y mientras camino por una calle desierta de Buenos Aires siento mis piernas adormecidas después de horas deambulando sin rumbo. Pareciera que de a poco la ciudad despierta y por fin voy a poder sentarme en un banco y esperar que amanezca sin despertar suspicacias.
Mis manos están frías a pesar de que la temperatura se diría templada en ésta época, pero tantas noches sin dormir se han acumulado en mi cuerpo y no me dan tregua. Me siento en un banco aún húmedo de rocío e inmediatamente me llega el aroma de una panadería cercana. El hambre atenaza mi estómago. Me duelen los ojos. Me dejó llevar por el sueño mientras de a poco siento el tímido abrigo de un sol incipiente. A mi lado se ha sentado un hombre que espera que alguien lo pasé a buscar para llevarlo a su trabajo. En sus manos tiene un vaso de café y un sándwich recién preparado con el pan todavía tibio. Entreabro los ojos y me sale una sonrisa pensando en lo bien que se debe sentir ese café caliente y ese sándwich. Un bocinazo le indica que ya llegaron a recogerlo. Se acomoda un bolso en la espalda. Por un fugaz segundo me mira y comprende, entonces antes de irse duda, gira sobre sí y me deja su café y el sándwich que recién comenzaba a comer. Le digo "gracias", y él se aleja sin decir nada.
El flujo de autos ha comenzado ha aumentar, al igual que las personas que caminan de un lado a otro. Mi cuerpo se ha recuperado un poco tras el inesperado y bienvenido desayuno. Me paro nuevamente y me sumerjo entre la multitud que se avalancha en Once. Camino entre los andenes y me subo a un tren que me llevara a Paso del Rey. Encuentro milagrosamente un asiento y me desplomó en él. El traqueteo me ayuda a dormirme. Es una hora de viaje que me sirve para reponer fuerzas.
Parece que recién me duermo cuando entramos a la Estación. El cuerpo cansado me pide una pausa, pero no puedo. Ella me espera. Voy al baño. Me lavo la cara, me peino, reviso mis dientes. Salgo a la sala de espera, miro hacia un rincón donde hay un asiento vacío y detrás de una máquina que vende jugos, y golosinas hay un enchufe. Conecto el cargador de mi celular. Espero unos minutos para poder prenderlo. Veo como la barrita verde aumenta lentamente. Cuando llega a veinticinco lo enciendo y entro a ver mis mensajes. Es casi mediodía en Italia. Bianca me ha enviado fotos de su mañana en Roma. Yo le mando una foto sonriente, con mi dientes blancos y parejos (herencia de familia) y le escribo: Bongiorno Bella...io sonó
pronto a entrare in una riunione della direzione
Me responde con un beso
Ti amo...
Ti amo troppo...
Y sus palabras me dan vida y me arrancan una sonrisa.
Es tan hermosa está sensación de sentirse amado!!!
Y yo de verdad la amo. Amo la utopía que representa.
Tal vez nunca la conozca. Tal vez nunca pueda darle la mano, invitarla a cenar y pasar una noche con ella. Pero sé que le he dado la comprensión que necesita...El apoyo, el cariño...y ella...ella me da un amor ciego...porque sólo ve de mi lo que yo dejó que vea. Y como puedo elegir, escogí lo mejor de mi. Ese que quisiera haber sido y nunca logré.
Suena una notificación en mi teléfono. Es ella que nuevamente, me ayuda a sobrevivir con un delicioso te amo.

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