Amarrado a ti


Esa mañana amaneció extrañamente fresca. No es común esa temperatura en La Habana. No puedo recordar que época del año era. Sólo sé que había sol desde muy temprano porque me desperté faltando unos minutos para las 6 de la mañana. Apagué el ventilador y esperé que al salir el calor golpeara mi rostro.  Pero no fue así. Corría un aire fresco. Bajé la escalera tratando de no hacer mucho ruido para no despertar a nadie. La puerta que da a la calle estaba porfiada y me costó abrirla. Salí. No había nadie, los niños estaban de vacaciones. Eso sí lo recuerdo. Caminé lentamente disfrutando del aire de la mañana. Después de caminar unos cuarenta minutos. Llegué frente a ese portal que había estado mirando noche tras noche. Mañana tras mañana. Me gustaba esperar y verla salir. Siempre con su ropa clara, sus piernas morenas. Con esa fragancia de recién bañada. Aunque la miraba de lejos y ella ni siquiera me veía, ni me presentía, yo podía sentir su olor. Esa mezcla de su piel morena y el jabón de coco con que le gustaba bañarse.
Ese día no fue distinto a muchos. Ella salió erguida, con sus pasos cortos y rápidos. Llevaba su pelo amarrado y bien ordenado. Iba hacia su trabajo. Pero de repente se detuvo. ¿Me habrá visto? Pensé. Pero no, era imposible. Revisó su pequeño y gastado bolso café y regresó sobre sus pasos. Me deleité viéndola moverse, imaginándola debajo de ese vestido blanco. Presintiendo el calor de sus muslos. Entró nuevamente a la casa. La imaginé recorriendo el largo pasillo, subiendo las escaleras al final. Revolviendo en su pieza para encontrar lo que se había dejado. Y luego frente al espejo, revisando nuevamente su peinado, el maquillaje de sus ojos, el rouge de sus labios. Seguramente después de unos pequeños retoques se sintió segura y estaba lista para salir. Claro que ahora mucho más apurada. Y sí, calculé el tiempo justo. Ahí estaba saliendo. Pero no lo hacía sola. Él la acompañaba. La razón de toda mi angustia, todo mi sufrimiento. 
Ya hacía dos largos años que me había dejado por un hombre mayor. Según ella me dijo, él la cuidaría y le daría lo que yo no podía darle. Cuando me lo dijo, así, sin pensarlo, sin dudar, no pude decir nada. Creo que interpretó mi silencio como que no me importaba. Pero en verdad no quería llorar. Los hombres no lloran, y tampoco pelean por mujeres cuando estas ya no los quieren. Preparé mis pocas cosas.  Las puse en un bolso verde que estaba tirado en una esquina de la pieza y ni siquiera quise preguntarle nada.  Un nudo en la garganta me impedía hablar. Así que no le pregunté si alguna vez me había amado. Tampoco le pregunté si alguna vez sintió cuánto yo la amaba. Simplemente tomé mis cosas y me fui. Una semana después comencé esta rutina de ir a verla llegar por las noches y salir por las mañanas. Verla simplemente, así, mía, desde lejos. Presintiendo su calor y su olor. Pero tuvo que salir él, después de tanto tiempo para hacerme recordar su existencia. Salió con ella tomada de la cintura como para demostrarme que ya  no me pertenecía. Al llegar a la puerta la besó. Con un beso que me provocó asco. Luego cuando ella se iba él le hizo un gesto obsceno y ella se rio. Sentí que la sangre subía a mi cabeza y no me dejaba pensar. Toqué mi lado derecho del pantalón y sentí el filo del metal frío pegado a mi cuerpo. Crucé la calle. No sin antes bajarme el gorro en un gesto inútil, porque en realidad nunca me había visto el rostro.
Allí estaba él mientras yo cruzaba directamente a enfrentarlo. Embelesado mirándola alejarse. Tenía el torso desnudo. La piel de sus brazos era flácida y su abdomen gigantesco. Se  rascó su cabeza calva y luego pasó su mano por ese abdomen grasiento. No podía entender cómo, por qué  ella lo prefirió para que ocupara mi lugar en su cama. ¿Cómo, quién la cuidaría mejor que yo? Recordé que de noche solía despertarme mientras ella dormía sólo para contemplar su rostro, su bello cuerpo que se movía suave al ritmo de su respiración. Entonces no podía evitar acariciarla y besarla milímetro a milímetro. Ella al principio le costaba despertar pero luego cedía a la pasión que nos envolvía. Pero eso ya era sólo un recuerdo, ahora ahí estaba él, ocupando mi lugar. Y la vida de ella no parecía haber cambiado en nada. Vivía en el mismo lugar. Seguía trabajando de enfermera. ¿Cuál fue la diferencia? Me cambió por esto. Por un tipo asqueroso, viejo, gordo y obsceno. El odio crecía por todo mi cuerpo a medida que me acercaba…El sol provocaba un destelló a través de los vidrios rotos de la casa que estaba al frente y llegaba justo a la altura de la cabeza de él cegándole  los ojos. Se puso una mano en la frente para recobrar la vista. Por eso no me vio acercarme. Sólo debió sentir el frío penetrando en su cuerpo. Yo en cambio no sentí nada más que un peso, que de a poco, se cargó en mi cuchillo. No dijo nada. Ni siquiera una palabra. Sólo exhaló un suspiro. Para que no cayera frente a mí lo empujé un poco hacia atrás y quedó sentado en los escalones de la entrada apoyado contra la puerta entreabierta, a su lado corría un pequeño hilo de sangre. Saqué el cuchillo suavecito, lo envolví en el pañuelo que llevaba en el bolsillo izquierdo y caminé de regreso. Me sentía extrañamente alegre. Liberado. Antes de llegar a la casa de mi madre sentí el olor de un pan recién horneado. Me detuve y compré un poco. Cuando entré a la casa  todo seguía igual. Nadie se había levantado. Antes de subir a mi pieza le puse un poco de sal y aceite a mi pan, subí las escaleras lentamente y me acosté. Estando en la cama me dediqué a saborearlo lento. Degustaba con placer ese sabor salado similar al de la sangre. Finalmente me quedé dormido, en paz.
Esa noche no fui a verla. No quería verla llorar por otro. Nunca pude imaginarla en brazos de otro hombre y menos aún pensar que lo amaba. Mi madre me decía que debía asumirlo. Que yo era menor que ella y seguramente se había cansado de mi inmadurez y falta de decisión. Que debía asumir y olvidar. Es tan fácil decirlo. Pero no había podido hacerlo. Fingía estar bien, aunque no era así. Pero este día había sido liberador. Me sentía al fin otro. Había hecho realidad mi fantasía de años, terminar con el hombre que destruyó mi felicidad.
Pasó un mes. Era un fin de semana lluvioso, pero eso no impediría la fiesta del matrimonio de mi primo Alejandro en Baradero. Hacía meses que todos esperábamos ese día. Los preparativos eran grandes porque la novia había venido de Italia para casarse con él. Todos los familiares nos sentíamos orgullosos. Se casaba con una mujer adinerada, educada, extranjera y se iría a vivir con ella llevando a su madre y a su hijo. Sentíamos una felicidad casi envidiosa, pero a su vez teníamos la sensación de ser todos parte de su triunfo en la vida. Él era un hombre trabajador, honesto, educado, muy bien parecido. Pero por otro lado, esta fiesta me ponía ansioso porque tenía entendido que ella también estaba invitada y  suponía que después de un mes, seguramente estaría repuesta de su pérdida e iría.
Viajamos el día anterior y alojamos en casa del mi primo Raciel. Por la tarde nos preparamos temprano. Y salimos todos en el viejo auto, que parecía más estrecho que nunca, ya que en él debimos entrar al menos ocho personas. Una mezcla de perfumes, olor a ropa nueva y fijadores de cabello se sentían dentro del ambiente caluroso de esa tarde. Llegamos a la iglesia, que estaba bastante cerca de donde sería la fiesta. Yo elegí un asiento al final para mirar mejor a todos quienes entraban. La iglesia se fue llenando de a poco. Todos se saludaban, y familiares que hacía tiempo que no se veían se reencontraban con efusivos abrazos. El tío de Camagüey, la familia de Cienfuegos, los primos de Santa Clara. Estaban todos. Y de pronto la vi entrar. Radiante en un vestido amarillo que le marcaba cada curva de su cuerpo. Caminaba con ese paso de gacela elegante que la caracterizaba y a su lado…estaba él. Tomado de su brazo. Apenas se notaba una suave cojera. ¿O me pareció a mí? Él posó su mano regordeta en la espalda de ella a la altura de su cintura y miraron en busca de un espacio vacío. Ya no quedaba lugar en la iglesia así que caminaron hacia donde yo estaba. Cuando ella al fin me vio no pudo hacer marcha atrás. Me dijo "hola", casi como un susurro. Se sentaron, e inmediatamente sonó la marcha nupcial.

No recuerdo nada más. Terminó la ceremonia. Todos salieron. Afuera llovía torrencialmente. Salí y me quedé bajo de la lluvia. Ahora podía llorar. Nadie lo notaría. Mis lágrimas se mezclaban con el agua de la lluvia que me bañaba el rostro. No quedaba nadie. Los que no tenían auto se fueron caminando al salón. Yo simplemente vacié todo mi dolor y luego me encaminé a la fiesta. Cuando faltaban unos metros para llegar comencé a reír. Reí y reí y comprendí que al fin era libre. 

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